La Escuela

La escuelita(una historia trunca, que jamás ocurrió)

 –«¿Tenés un momento? Necesito decirte algo»–. Julián estaba pálido, tenso. Hacía como un año que Fabián no lo veía y no sabía bien qué había sido de su vida en los últimos meses.

–«Por supuesto»– respondió.

–«Vení, vamos para allá».

Lo llevó aparte, bastante alejado del tumulto. Aunque pertenecientes al mismo curso, nunca habían sido grandes amigos, si bien se veían todos los años para la fiesta de «La Escuela».

«La Escuela» era el nombre que había ido tomando en el vocabulario del pueblito el instituto de enseñanza secundaria y terciaria que había creado Boletti, un hombre sumamente práctico, y que a partir de esa iniciativa se había convertido en el benefactor número-1 del pueblito. Nunca, en toda la historia del pueblito se había visto algo así, y ya habían pasado como doce grupos de egresados del terciario, todos preparados para insertarse competentemente en el mundo del trabajo y… por supuesto, afuera del poblado. Es que se trataba de uno de esos lugares «perdidos» donde no había, literalmente, nada. Justamente por eso La Escuela era un milagro y tanto las distintas familias del pueblito como las autoridades, le estaban sumamente agradecidas a Boletti. En el pueblito, Boletti era la Madre Teresa. Y, de hecho, muchos lo tenían por un santo: Misa todos los domingos, primera fila, comunión… Todo un ejemplo.

La fiesta de «La Escuela» se celebraba anualmente y solían venir los egresados, si no todos, en su gran mayoría. Por eso era también algo así como la fiesta del pueblo, porque varios aprovechaban y se quedaban unos días, visitaban a las familias, a los ancianos del lugar… Era como si el pueblito volviera a vivir, juntando el pasado con el presente. La fiesta contaba, además, con la presencia de Boletti y de la comisión directiva, un grupo de estrechos colaboradores que prácticamente desde el inicio habían acompañado a Boletti y su proyecto con total fidelidad, con ciega fidelidad. Desde donde se habían apartado Julián y Fabián era posible divisar tranquilamente el palco principal en el que se ubicaba la comisión directiva. Entre otros, se podía identificar a González Bocconi, Sir Charles Runner, Gabriel Aldopetti, Pablo Garquetti, Marcelo Ortibelli y la infaltable Mónica Galindo, la encargada de la parte femenina del terciario. Estaban también los representantes de la Banca Gando, que con su colaboración hacía posible la marcha del proyecto.

–«Mirá, no puedo más».

–«¿Qué pasó, bol…?».

–«No sé a quién decirle y no puedo más, cada año que vengo y veo todo esto se me revuelven las tripas. Tengo que venir por mi vieja, pero no puedo más».

–«Pero no entiendo, ¿qué pasa?».

–«Me manoteó el ganso».

–«¿Qué?».

–«Que cuando estaba terminando el terciario, una vez me llamó a la Dirección, me empezó a abrazar y me quiso tocar…».

–«¿Quién, bol…?».

–«Y… Boletti».

Fabián se quedó petrificado. No atinaba a decir nada. Balbuceó algo… hasta que le salió una pregunta más o menos coherente:

–«¿Por qué no hablaste antes?».

–«¿Y quién me iba a creer? Tenía miedo de que me rajasen del terciario. Aparte es toda una autoridad en el pueblo, era su palabra contra la mía. No sabía qué hacer. Preferí dejar la cosa ahí. Pero cada vez que tenía que volver para la fiesta, y lo veía recibiendo alabanzas y siendo presentado como el gran benefactor… noooo… no podés imaginar lo que se siente».

Se quedaron charlando un rato largo. Fabián trató de contenerlo y le agradeció la confianza que le mostraba al contarle algo tan grave. Sin embargo, se daba cuenta de que con solo escuchar no bastaba, aunque no sabía bien qué se podría hacer.

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Dos días después de la fiesta, se volvió a encontrar con otro de los egresados que lo había citado para tomar un café.

–«Mirá, te llamé porque quiero comentarte algo muy delicado». Fabricio era un tipo serio, medido en sus palabras, prudente.

–«¿De qué se trata?».

–«Sufrí un intento de abuso en La Escuela poco tiempo después de ingresar al terciario».

–«Me estás jodiendo…».

–«No, en serio, mirá si voy a hacer bromas con algo así».

–«En La Escuela… es muy genérico».

–«Boletti».

–«Nooo, no puede ser. No te puedo creer… Estabas en los primeros años… ¿Hablaste con alguien?».

–«Sí, con uno de la comisión directiva. Me dijo que de haber ocurrido, se trataba ciertamente de una cosa aislada, algo totalmente excepcional, que, sin querer, Bolatti, siempre tan paternal, se podría, quizás, haber extralimitado en una manifestación de afecto paterno. No me lo creí: nunca me pareció que el afecto paterno se demostrase mediante la impureza».

Fabricio era de familia muy católica y manejaba un vocabulario muy católico. Trataba de vivir lo que creía. Si bien no eran de la misma camada y Fabricio era mucho más joven, Fabián había tenido oportunidad de conocerlo bastante bien: tipo serio, de una pieza… así que no le cabían dudas de la seriedad de lo que Fabricio le estaba diciendo. El testimonio siguió:

–«Después fui a hablar con el Psicopedagogo. Me dijo que me quedase tranquilo, que no pasaba nada. Que Boletti había ido una vez a una sesión de espiritismo y que podía ser que hubiera sido poseído por un espíritu. Pero que eso ya había pasado, que me quedase tranquilo».

–«¿Y después qué hiciste?».

–«Nada. Imagináte. Después de escucharlo al Psicopedagogo quedé convencido de que algo no funcionaba. Además, me di cuenta de que no me iban a creer y de que me iban a tergiversar todo. Me acordaba de esa frase de Chesterton… “no le tengo miedo al elefante, sino al que me lo quiere interpretar”… Entonces decidí mantener el perfil bajo, alejarme de Boletti, terminar los estudios y tomármelas. Vengo cada tanto a la fiesta de La Escuela para encontrarlos a ustedes, para dar una vuelta por el pueblo… Pero con Boletti y con la comisión directiva no quiero saber más nada».

–«¿Pero no pensaste en denunciar?».

–«No tengo cómo probarlo».

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La estadía en el pueblo, normalmente tan agradable para Fabián, que, religiosamente, concurría todos los años a la fiesta de La Escuela, se había transformado en una tragedia. Lo que le habían confiado Fabricio y Julián, sin haberse puesto de acuerdo entre ellos y con sendos testimonios indudables, lo había golpeado duramente. Se pasó toda esa tarde y el día siguiente encerrado en su cuarto, mirando por la ventana… La mamá se preocupó, pero él no le podía contar estas cosas. Al tercer día golpeó la puerta Patricio.

–«Señora, ¿está Fabián? Dígale que soy Patricio, que tengo los mates listos, que lo invito a caminar un rato».

Hicieron falta solamente 300 metros de camino para que Fabián sufriera el tercer mazazo. En un campamento Boletti había querido abusar de Patricio. Si hasta ese momento las podría haber cobijado, ya no le cupieron más dudas: Boletti era un acosador serial, le gustaban los pibes y no podía controlarlo. Patricio le contó, además, que había tratado de hablar con uno de la comisión directiva, González Bocconi, el cual le había asegurado que considerarían el tema y que era la primera vez que pasaba algo así. Obviamente, Fabián se dio cuenta de que a Patricio lo habían «verseado» y se lo dijo inmediatamente: Fabián sabía de dos casos más y que uno de ellos había hablado. Era claro que la política era la de negar todo y cajonear los casos. Boletti era un hombre seriamente enfermo y el círculo de los fidelísimos de la comisión directiva estaba al tanto de las cosas y trataba de esconder todo desde hacía años.

–«Mirá, Patricio, acá hay algo groso. Conozco más casos, tenemos que denunciar».

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La cara del comisario del pueblo lo decía todo. Estaba sumamente disgustado. Sus comentarios fueron peores que su cara…

–«Miren, muchachos. Ustedes tienen ya la carrera, el título, laburan afuera… El pueblito acá sigue su vida. La Escuela está llena de estudiantes, Boletti es toda una autoridad moral… ¿Tienen pruebas de lo que dicen? ¿quién les va a creer sin pruebas? Aparte, seamos sinceros: todo lo que ustedes son, y llegarán a ser, se lo deben a Boletti. Sin él no serían nada. Así que… si hacen lío, van a terminar perjudicando al pueblo, a La Escuela, a tantos estudiantes que van a dejar de recibir la excelente formación. Miren, si insisten con estas cosas, cuántas vidas van a arruinar. Déjense de joder m’hijo: no sean desagradecidos con Boletti y con La Escuela. Es la persona más distinguida que hubo en toda la historia del pueblo y La Escuela es el orgullo del pueblo».

Patricio y Fabián se fueron muy disgustados de la entrevista. Las expresiones y la actitud del comisario fueron sumamente desafortunadas. En realidad, no lo podían creer. La falta de sensibilidad, la superficialidad, la desconsideración del drama personal… la perspectiva política y jurídica por encima de todo… Ni siquiera propuso abrir una investigación ni nada que se le pareciera… Nada. Se fueron disgustados y con las manos vacías.

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Al volver, Fabián se la cruzó a Margarita, una vecina suya, amiga de su mamá. Venía llorando desconsolada.

–«¿Qué le pasó?».

–«Mirá, te cuento pero no digas nada, por favor».

Al pobre Fabián no le alcanzaba el tiempo para las sorpresas. Resulta que el hijo de Margarita también había sufrido un intento de abuso por parte de Boletti, se lo había contado también el día de la fiesta. Ella no lo podía creer. El hijo de Margarita era sumamente tímido y reservado y siempre se había refugiado en su mamá. Así que Fabián le sugirió ir a ver al intendente y se ofreció a acompañarla.

El resultado de la entrevista con el intendente fue aproximadamente el mismo que el de la entrevista con el comisario. Pero… los pueblitos son los pueblitos… y la Margarita había hablado también con una comadre, que había hablado con… y con… y con… La cosa es que, de un día para el otro, el pueblito se había convulsionado. Boletti negaba todo, la comisión directiva lo defendía a muerte, Mónica Galindo anunciaba a diestra y siniestra una campaña de desestabilización e impedía a las chicas siquiera acercarse a aquellos que no figurasen en la lista de «buenos egresados» que ella, con la comisión directiva, había compuesto… El Psicopedagogo empezó a dar charlas abiertas acerca de la honestidad y del respeto para concientizar a los pobladores… Y Margarita y su hijo fueron tachados de locos. A Fabián, cuando iba a hacer las compras, a veces no le querían vender.

Además, había corrido la voz de que los acusadores eran varios y que iban a escribir una carta al gobierno de la capital… ¡Para qué! Automáticamente fueron tachados de traidores, de enemigos de La Escuela y del pueblo e invitados, de distintas maneras, a emigrar. Cartas, pancartas, propagandas, afiches, comunicados, listas negras, descalificación, desprestigio… Los de la comisión directiva, que poseían toda la información, comenzaron a tirarles «carpetazos» a mansalva: que una vez se copiaron, que una vez uno le tiró una tiza a un compañero, que una vez fue a clases con el nudo de la corbata mal hecho, que una vez no hizo la tarea… Gastaron y gastaron retina y tinta para desprestigiar, como fuere, a todo aquel que intentara decir algo que se pudiese interpretar como contrario a Boletti. Sobre todo, la idea era subrayar que eran traidores: traidores al prestigio de la institución, traidores a la paternidad de Boletti, traidores al pueblo, ya que denunciaban a La Escuela a las autoridades del gobierno de la capital –lo que constituía un verdadero crimen, porque las autoridades de la capital siempre tuvieron pica con el pueblo, según las enseñanzas de La Escuela–. Naturalmente, las aguas se dividieron: estaban los que no podían dudar, los que no querían creer, los que no querían escuchar, los que sabían y se hacían cómplices con el silencio permisivo, los que sabían y no querían reconocer, los que sabían y querían ocultar y simular, los que ni sabían ni se imaginaban ni se hubieran podido imaginar… De todo un poco. Pero la vida de los que intentaron hablar y de sus familiares se había vuelto prácticamente invivible.

En fin, Fabián no volvió más. Tampoco Julián, ni Patricio… Todas las familias involucradas se fueron, también Margarita con su hijo. Y todo siguió como siempre. Con Boletti rodeado del afecto y el aprecio de la comisión directiva, y los jóvenes rodeados del afecto de Boletti…

Orígenes Buendía Galimberti

 

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95 pensamientos en “La Escuela

    • Anastasia, ¿En que estamos? Primero decís que juanita está lejos de estas “discusiones ridículas” y ahora decís que no deja de leernos y el moderador le censura los comentarios por “mal espíritu”. Me haces acordar al supremo que mandó a los aldeanos a no gastar retina en este blog y después resulta que tuvieron que hacerles un trasplante de retina a los muchachos de tanto que entraban (y que entran).Estoy seguro que uno de los que gasta más retina en Sin Doblez es el vice-supremo. En fin… cada loco con su tema, juanita y vos con el suyo.

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