El envidioso y la envidia (en las aldeas)

envidia4Agradecemos al autor su gentileza en habernos hecho llegar este texto para su publicación. Se nota que está escrito con la vida, con la sangre y con el Evangelio. El título original no traía la aclaración entre paréntesis: nos hemos permitido añadirla para evidenciar la conexión del aporte del autor con temáticas afines aparecidas, de algún modo, en otros aportes.

… los fariseos salieron enseguida con los herodianos y se reunieron en consejo contra él para hacerlo morir (Mc 3,6)

        Ya habían decidido que Él no podía ser el Mesías. Un obrero de Nazareth… ¡por favor, faltaba más!

        No le correspondía. Punto.

     De nada valía que hubiera expulsado un demonio, que hubiera curado una profunda depresión («fiebre»), que hubiera hecho caminar a un paralítico para demostrar que podía perdonar los pecados, que hubiera curado una mano seca para demostrar que el sábado mismo dependía de Él.

        No. Por más que estuviera por encima del demonio, del pecado y de la ley… y hubiera dado pruebas, no podía ser. No. Y sanseacabó.

        Era la envidia.

        Era ver el bien del prójimo como un mal para sí.

        ¡Y claro! Si este muchacho imprudente con pretensiones de Mesías no paraba de hacer «locuras», una atrás de otra. Dado que no se lo podía tener bajo control, la única solución era eliminarlo. Por supuesto, a la hora de eliminar al envidiado, las diferencias se suprimen: es por eso que se juntan en consejo los fariseos y los herodianos.

§  §  §

        ¿Qué síntomas presenta la enfermedad de la envidia? Antes de responder a esta pregunta conviene considerar cómo la envidia corroe el alma. Esto se ve en las necesidades que impone a quien la padece.

        El envidioso tiene la necesidad imperiosa de «hacerle algo» al envidiado, de mostrarle y demostrarle que no es el mejor en todo –el envidioso es pusilánime y tiende a dramatizar, a exagerar y a sufrir mucho lo que serían, o lo que él vivencia como, pequeñas «victorias» del envidiado–, la necesidad de hacerle notar sus (reales muchas veces, y muchas veces no,) defectos y hacerlo sufrir por ellos (claro, se lo tiene merecido: si presume de ser el mejor, pues bien, que acepte también y sufra en carne viva sus limitaciones…); tiene la necesidad sofocante de corregir al envidiado: porque el que corrige se pone de hecho en una situación de cierta superioridad, y al envidioso se le hace insoportable la vida si no llega a paladear, aunque más no fuera, mínimamente, una cierta superioridad sobre el envidiado.

        Muchas veces el envidioso lee una intencionalidad –que, normalmente y en la mayoría de los casos, no es tal– del envidiado en los hechos que lo hacen de hecho sobresalir: el envidioso interpreta allí una voluntad indebida de sobresalir, de mostrarse mejor, «santo» o lo que fuere, y estalla en persecuciones, maldiciones e improperios. En realidad, no porque le duela el (presunto) desorden del envidiado, sino porque él no tiene manera de mostrarse a ese nivel y no puede competir, porque el envidioso ambiciona la fama y le duele tener que, al menos, compartirla. Como el envidioso es soberbio, no aspira a la virtud, sino a sobresalir, y confunde el sobresalir del otro con la falta de virtud, atribuyéndole, por una simple cuestión de proyección psicológica, una intencionalidad desviada: porque todo se recibe al modo de recipiente y todo se lee según la propia condición. En efecto, la raíz de la envidia es la soberbia, que lleva a hacer del «yo» la medida moral de la realidad moral: «El Mesías –es éste el mensaje del fariseo y del herodiano– si tiene que venir, tiene que ser como yo, y no puedo concebir ni permitir que sea de otra manera». Por supuesto, hábil conocedor de la Ley y los Profetas, acumulará argumentos para demostrar que así debe ser.

        A la luz de estas consideraciones, por cierto parciales y elementales, es posible identificar con seguridad y relativa facilidad diversos síntomas. Se podría hablar, de manera genérica, de persecución. En efecto, de manera explícita o solapada, como sea, pero siempre, siempre, el envidioso va a perseguir al envidiado. La persecución asume diversas formas y grados de intensidad, muchas veces concatenados en un secuencial in crescendo.

        Elencamos algunas manifestaciones sintomáticas.

        1) La excesiva preocupación por la «excelencia» moral del otro, preocupación por exigirla, por procurársela o simplemente por una cuestión de «fijación», de estar fijándose en ella, de estar considerándola. Esto se manifiesta en esa tendencia a examinar con una minuciosidad que supera largamente al más sofisticado microscopio atómico, la vida, dichos y obra del otro.

        2) La tendencia al juicio inmisericorde que no procura interpretar del mejor modo lo que en el obrar y decir del otro pudiere resultar ambiguo u oscuro. Su pasión lo lleva a dejar nevar en primavera: todo lo interpreta mal, o desmejorado, incluso hasta el bien mismo que el envidiado le hace, le cae mal, aunque, muchas veces, por corrección política, tenga que disimularlo.

        3) La «corrección» dura, inflexible e implacable. En efecto, la preocupación por corregirlo es un elemento clave, que esconde la enfermedad de la envidia bajo el bien de la corrección, la cual, por estar corroída desde adentro y desviada de su natural finalidad, se convierte en una mera apariencia de bien, una falsa corrección. La actitud de dureza al corregir se manifiesta en el convertir la corrección en la exposición aplastante de la lista de «defectos» o «errores» o «cosas negativas» al envidiado, al modo de una lapidación moral. Eso constituye un síntoma, aunque no exclusivo, de la envidia y ciertamente del ansia de poder. Se expresa, además, en la incapacidad de diálogo sincero y de una efectiva escucha de las razones o aspectos que considera el otro. Decimos «efectiva», es decir, escuchar formalmente, en sentido propio, porque «materialmente»… ciertamente, eso el envidioso está dispuesto a hacerlo: en efecto, le permite enmascarar su desviación.

        Es que la corrección constituye la excusa ideal para esconder al vicio bajo la máscara de la virtud, y la preocupación por satisfacer la propia pasión de la envidia presentándola bajo la figura del deseo del bien del prójimo. Cierto… el envidioso jamás lo admitirá: él nunca, nunca, corrige por envidia, siempre corrige «por caridad y con razones». Sin embargo, la pasión es vehemente y no se puede ocultar. Por eso, de aquí se sigue

4) la dureza y desproporción del castigo impuesto o de la reparación requerida. Este punto no requiere mayores explicaciones. Devela claramente que la preocupación, la pulsión profunda, era la de «lastimar», hacerle algo, al otro, y no su mejora (en el supuesto de que ésta hiciera falta en los puntos y términos que el envidioso le achaca).

        5) Perdona lastimando y humillando. Cuando el envidioso perdona –tenga realmente algo que perdonar o no–, ello no ocurre por misericordia sino por envidia. No para vivificar, sino para matar. En efecto, lo hace de tal manera que humilla al perdonado, haciéndole notar toda su (presunta) indignidad e inmerecimiento con respecto a tal perdón, al cual deja caer casi con desdén, como Epulón las migajas de su mesa. ¿Por qué se da esto? Porque al perdonar de esa manera, el envidioso paladea su (presunta) superioridad: se la hace notar al envidiado, mientras la camufla hacia afuera bajo el disfraz de la caridad. Es una victoria refinadísima. Así, bajo la apariencia de misericordia, lo único que hace el envidioso es «apedrear» y «sepultar» a la persona.

        6) Argumentación confusa y pruebas insuficientes contra el envidiado. Como hay pasión, muchas veces faltarán una argumentación clara y pruebas fehacientes. Ocurre frecuentemente que, cuando no hay pruebas manifiestas, el envidioso inicia una verdadera maratón en busca de las mismas. A veces ocurre que el envidioso es una persona con poder y, además, inteligente: en esos casos, es capaz de poner su inteligencia al servicio de la envidia, llegando a «encontrar» pruebas –casi como «plantándolas», como se dice en jerga policial–. Por eso es típico de la actitud persecutoria del envidioso el tender trampas al envidiado, ya sea personalmente, ya sea por medio de embajadores («andá, preguntále esto…»), para acumular «pruebas». En ese caso, la pasión se manifestará en esa búsqueda prácticamente insaciable de argumentos y de mil particulares para «agrandar» la gravedad del caso. Se añade a esto la confusión entre lo realmente grave y lo insustancial. No es de extrañar tampoco que, entre los pliegues de una psicología tendencialmente feminoide, como suele ser la del envidioso, reaparezcan y resuciten con inesperada vivacidad, apareciendo bajo forma de acusación, antiguas rencillas, o malentendidos que habían sido más que suficientemente aclarados. Pero ocurre que, bajo la fuerza del viento de la pasión, antiguos huesos muertos aparentan recobrar vida, en un macabro ejercicio activo de la memoria.

        7) La maquinación: juntarse para diseñar planes estratégicos con respecto al envidiado. En la maquinación suelen suprimirse las diferencias entre los maquinadores, vehementemente acomunados por la necesidad imperiosa de suprimir a quien de hecho, y sin procurarlo, (ellos estiman que) los relega. Está claramente expresado en el texto del Evangelio, que muestra cómo muchas veces la envidia asume el espíritu de casta y se alimenta con la maledicencia compartida entre varios. Así, la envidia tiende a generar una atmósfera hostil hacia la persona envidiada, un ambiente de rechazo hacia la misma. Naturalmente, de aquí se desprenden los demás aspectos.

        8) La marginación. Consiste en el procurar dejar al otro al margen de cualquier cosa relevante en la que pudiera sobresalir: cargo, apostolado, función, lo que fuere. Esto ha de entenderse no de las palabras sino de las decisiones, incluso como estrategia a largo plazo y de manera solapada. La marginación, sin embargo, suele estar también acompañada por la

9) denigración, que la procura. La denigración consiste en la búsqueda de menoscabar la fama del otro mediante las palabras, hacer que baje la estimación en que se lo tiene o a la que puede tener derecho de aspirar. Como el envidioso ambiciona la fama y se goza en ella, le molesta indeciblemente que los demás vayan tras la otra persona, que la busquen, que la tengan como una referencia. Por supuesto, va a encontrar el modo de justificarlo: «Es que tiene defectos graves y hace daño a los demás». Es decir, para el envidioso, el envidiado sólo podría tener derecho a la fama si fuera como el envidioso mismo es, si fuera una copia, una proyección de su identidad: es el mismo código operativo de los fariseos y herodianos. Con la denigración busca, pues, alejar del envidiado las personas que puedan seguirlo. La denigración, además, tiende siempre a expandirse, como una humareda.

        Esto, bajo el respecto de la inserción en la vida social, equivale a un verdadero asesinato. La denigración puede ser, a veces, explícita, amparándose bajo el poder que da la autoridad –lo cual la convierte en tanto más grave cuanto más fácilmente asimilable por parte de los destinatarios (sobre todo si se hallan en etapa de formación) y, por consiguiente, más difícilmente reversible–, mientras que otras veces puede ser sutil, llegando hasta a esconderse bajo la máscara de una alabanza: «Sí, NN para tal cosa es muy bueno» –dejando muy pero muy en claro el «para tal cosa»–.

        En efecto, si el sobresalir del envidiado es muy evidente e inevitable, el envidioso procurará delicada pero tenazmente evitar concederle cualquier otro tipo de espacio en el que pueda sobresalir –sobre todo si en ese ámbito las diferencias son menores o directamente no las hay– para restringir cada vez más el ámbito en el que la persona pueda brillar. Esto se nota inequívocamente en lo siguiente: cuando de manera habitual y prácticamente sistemática se evita encomendarle lo que se encomienda habitualmente a otros que tienen ciertamente menores o iguales condiciones o, al menos, menos experiencia. En efecto, obrando así, el envidioso que tiene poder de decisión se garantiza al menos tres cosas: 1) la imposibilidad de que el envidiado le arrebate protagonismo –entendido en todo el abanico que va desde el simple «espacio de autoafirmación» hasta el «estrellato»–, porque, teniendo la capacidad, se le quita la posibilidad de ejercerla; 2) la imposibilidad de que quien tiene menos experiencia o menores condiciones se lo arrebate, porque, por más que se le dé una posibilidad, no tiene la capacidad suficiente; 3) asegurada, sobre todo, por el contraste que se genera a partir de esto último, se garantiza también la seguridad de poder sobresalir o seguir sobresaliendo él en ese ámbito constituido mediante el ejercicio del propio poder, ya para sí mismo, ya para la casta (en la cual la «rueda de la fama» le garantiza el retorno, el feedback, de las alabanzas y promociones).

        En su afán de denigrar, el envidioso será capaz, incluso, de llegar a alabar a la persona y promoverla en ese ámbito en que incontestablemente descuella, con la sola finalidad de asegurarse el «encerrarla» en ese ámbito y mantener reservados para sí otros ámbitos en los que él mismo, el envidioso, pueda sobresalir. Es capaz de llegar a hablar bien, sí, incluso como «agere contra», como una pequeña penitencia; pero siempre cuidándose de que ese hablar-bien no vaya a significar un ensalzar «desmedidamente» al envidiado, que sea un hablar-bien «light», superficial e ineficaz: incluso no será extraño verlo usar esa misma benedicencia para quedar él como virtuoso a costa del envidiado.

        Un signo inequívoco de ese procurar encerrar a la persona en un ámbito reservándose para sí otros igualmente o más brillantes lo constituye el cómo se celan las direcciones espirituales y la predicación de retiros dentro del contexto social en el que éstos pueden hacer crecer la autoridad moral del envidiado. Por ejemplo: le será encomendada la predicación de los mismos a otras comunidades religiosas, pero jamás dentro del propio ambiente; antes bien, se procurará, incluso con argumentaciones («el tiempo…»), evitarlo –el envidioso, en su uso distorsionado del intelecto llega a tener la, de suyo extrañísima, cualidad de mentir diciendo la verdad: dice la verdad… ¡pero es mentira!–. El envidioso será incluso capaz de llegar a pisotear el derecho de las personas de elegir libremente a quién confiar la propia conciencia; todo, por supuesto, bajo razón de bien y procurando el bien de las almas… a las cuales se les quita el poder de decidir sobre las propias cosas interiores. Esta tendencia opresiva es típica de la voluntad de dominio que se esconde detrás de la envidia.

        10) Es por ello que, cuando está en el poder, el envidioso jamás procurará hacer crecer al envidiado, sino que intentará en la medida en que le sea posible «cortarle las alas». Esta actitud llega a su culmen cuando el envidioso que ejerce el poder efectúa una suerte de castración psico-espiritual, es decir, cuando de manera definitiva decreta para la persona el cierre de una posibilidad, la mutilación del ejercicio de una capacidad. Para quien envidia es un verdadero placer mutilar el alma del envidiado: en estos casos, la sentencia tiene sabor de juicio final y, aunque inconscientemente, bajo la pasión de la envidia el envidioso juega a ser Dios.

        11) El grado último de marginación es el asesinato cruento.

        Los síntomas de la envidia la hacen tan evidente, que hasta Pilato la supo detectar sin duda alguna: «… sabía que lo habían entregado por envidia» (Mt 27,18).

 

Johannes a Silentio

 

 

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10 pensamientos en “El envidioso y la envidia (en las aldeas)

  1. Muchas de las características del “envidioso” me hacen acordar al modo de gobernar de Fray Calculetti. Obviamente, Fray Calculetti NUNCA EXISTIÓ, y si existe un personaje con las mismas características es pura coincidencia.

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  2. y no te olvides del “Mentor” de Fray Calculetti….de quien Calculetti es uno de sus hijos predilectos….con algunas cosas en común: su “pasión” por la ciencia de las ciencias; sus pocos dones para las lenguas a excepción de la materna y quizás “la sangre” en común con “nuestros hermanos mayores en la fe”…por eso a ambos le viene muy bien la aplicación evangélica que se hizo…..Lo llevarán en el ADN!!!!????…..(por la dudas y con esto no me acusen de “Negacionista del Holocausto”)

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  3. Para aquel que desde la ciudad de paz pasó “el triste dato”:

    Pedro traicionó a Jesus …
    Pedro escribió dos Epistolas …
    …como Pedro fue “traidor” lo que escribió Pedro no es verdad.

    Lo que importa no es la verdad sino quien escribe y lo que yo opino sobre quien escribe.

    Pelatus ya somos grandes…no?

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    • Es cierto. Pelatus si el dato te causo tristeza porque no ayudas a remediar en origen del mal que te entristece? o largas el dato para el fragote camarillero?. Acordarte de la caridad exquisita.
      Fuerza.

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  4. Histeria colectiva. Sacaron hacia fines del año pasado un comunicado “pour la gallerie” mandando no gastar retina en el blog: fue la mejor propaganda que podrían haber hecho al blog. Además, era un comunicado meramente formal. Porque en la realidad, gastaban, y gastan, retina, y mucha. Ahora están dedicándose a la caza de brujas, tratando de individuar al responsable del blog. Están realmente “locas”.
    Pero, por supuesto, del significado de las parábolas, ni palabra. Si no se sienten reflejados en el mensaje de las parábolas… ¿por qué les temen? Si se sienten reflejados: ¿por qué no cambian?Todo parece llevar a la conclusión de que tienen la decisión de no examinarse, de no cambiar. Han preferido el relato a la verdad, hubieran hecho callar al profeta Daniel, para mantener la autoridad de toda la plana de los ancianos. Muy triste y lamentable. Hay que rezar por ellos.

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