Formalistas

 mov_cubismoanalitico1       Fray Jeronimiano del Rey estaba intratable. Si habitualmente no dejaba pasar una, en los últimos tiempos estaba hecho una furia… Estaba harto de escuchar predicaciones sobre la obediencia, y especialmente la obediencia de juicio, que se repetían interminablemente ya desde hacía meses… «Y siempre el mismo cuento –me decía–, siempre el mismo error».

        Cuando trataba de explicarme los errores, no es que yo le entendiera mucho. Me daba cuenta de que las cosas tenían que ser como él decía, porque Jeronimiano se destacaba por tener un discernimiento muy fino, un muy sólido saber teológico y una capacidad filosófica excepcional – que se había acrecentado desde que había trabado amistad con Fray Francisco Silvestre, a quien hacía ya bastante tiempo los eternos habían incluido en la lista negra–. Fray J. del Rey conocía los escritos de los grandes doctores y no hablaba nunca, nunca, «de segunda mano», todo provenía de lectura directa. Ahora estaba con el tema de los tres grados de obediencia.

        «¡Tres grados! ¡Tres grados! –repetía– Mirá: en la tradición de la espiritualidad occidental, algunos han dado 3, otros han dado 4, otros han dado 12…».

        «¡Mirá vos, 4×3=12!»– lo interrumpí. Me callé enseguida porque mi intervención había sido de lo más inoportuna. Me di cuenta por la cara que me puso. Estaba, como dije, intratable.

        Después de fulminarme con la mirada, prosiguió:

        –«Pero ellos insisten con los tres grados de la carta de san Ignacio, la carta de san Ignacio… Sí, a los de Coimbra. Lo que no te cuentan nunca es que la carta era para convencerlos de que estudiasen más, porque no querían estudiar, querían hacer más apostolado. Esa parte no te la cuentan. Además, san Ignacio quería que durante el tiempo de formación los estudiantes se dedicasen solamente a estudiar, incluso les había reducido el tiempo de oración… Pero esa parte, tampoco te la cuentan. Son una manga de verseros».

        Bajar a expresiones tan soeces no era propio de su estilo; pero era el signo inequívoco de que estaba furioso. Cuando estaba furioso, exageraba.

        –«Además –continuó– la carta la escribió Polanco, no san Ignacio. Polanco le completaba las cosas y, si bien los conceptos son de san Ignacio, la mano de la redacción de esa carta es de Polanco. Me lo aseguró una vez un jesuita de la procura generalicia. Pero… esta parte tampoco te la cuentan».

        –«Bueno –le respondí– tampoco es para tanto el tema de quién la escribió. Lo importante es que sea correcto el contenido. Como dice santo Tomás, “todo lo verdadero, lo diga quien lo diga, procede del Espíritu Santo”». Para qué le habré hecho este comentario…

        –«Mirá, primero, no lo dice santo Tomás, lo dice el Ambrosiaster, que santo Tomás cita pensando que era san Ambrosio. ¿Qué santo Tomás estudiaste? –con este tema se ponía como loco–. Es verdad que “omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est”, pero la doctrina que ellos presentan y predican no es verdadera, y por lo tanto no proviene del Espíritu Santo. Y encima, tan tomistas que dicen ser, presentan como buena una doctrina que es totalmente ajena a santo Tomás, y lo que es peor, se la quieren atribuir a santo Tomás».

        Nuevamente, había exagerado; pero la culpa era mía. La última frase era una alusión al escrito de Fray Neuronius, que había estado circulando en los últimos días. Lo hizo explícito enseguida:

        –«¿O qué significa, si no, el panfleto de Neuronius?»

        –«Bueno, pero tiene el respaldo de los superiores».

        –«¡Pero no tiene el respaldo de la verdad! A mí qué me interesa que lo promuevan los superiores, si lo único que hace es sanatear. Encima escandaliza, porque enseña el error deformando las conciencias. Confunde la obediencia con la fe y, por si fuera poco, dice que la fe es un acto ¡del intelecto práctico! Y ése es el tomismo que enseñan, que estudian y que promueven. Claro, ahora van a decir que fue una distracción, un desliz: un desliz de ese tipo es como afirmar que 3×3=7 en un manual de matemática. Después todas las cuentas te salen mal. No es “un desliz”, ¿qué desliz! ¡Es sanata! Un tipo que sabe la tabla del 2 no va a decir nunca que 2×3=15; un charlatán y barullero, sí».

        Le iba a decir que «2×3 llueve» pero me frené: el horno no estaba para bollos, y fray Jeronimiano proseguía…

        –«Son intelectuales orgánicos, que escriben para la corona; los eternos secretarios del sumo sacerdote, que abofetean al acusado para quedar bien ante la autoridad. ¡Santo Tomás, santo Tomás…! Si resucitara… Se hacen los tomistas y son recontraformalistas. Son esquizofrénicos intelectuales y existenciales. Su filosofía es una filosofía cubista: agregados de partes, un “collage” de verdades descolgadas… Se creen que piensan, pero repiten. Se creen que razonan, pero los “argumentos” no los ven, los aceptan… por fe. Son formalistas, y en este tema se ve claramente».

        –«¿Por qué?»– me había dejado con la curiosidad y siempre era ilustrativo escuchar sus razones. Yo no entendía mucho eso de la filosofía formalista, aunque era una acusación que estaba en boga desde hacía tiempo. Lo gracioso es que la acusación era dirigida por el Aquelarre de Transylvania a todas las otras comunidades del mundo, mientras que Fray Jeronimiano la dirigía a los formadores del Aquelarre mismo. Naturalmente, movido por la curiosidad, esperaba ansioso la explicación.

        –«Y, porque, en su manera de interpretarlo, destruyen el habitus de la virtud, que es una unidad vital, y lo ponen en tres niveles. Confunden todo: lo piensan como una “mancha” que se va expandiendo… físicamente, como una mancha que primero te toma el dedo, después la mano, después el brazo… Un delirio, cualquier cosa».

        –«No entiendo».

        –«Mirá, dicen que la obediencia tiene tres grados: de ejecución, de (buena) voluntad, de juicio. Esta última sería la perfección suprema de la obediencia, aunque en la práctica, en el orden de la vida concreta, para ellos quien no tiene esta perfección suprema es un desobediente –y esto tampoco te lo dicen así, pero juzgan y evalúan a las personas así, y toman decisiones con este criterio–. Pero bueno, sigamos. Así piensan que el hábito primero mueve a ejecutar, después mueve a querer de buen grado y después mueve a juzgar… haciendo propia la opinión del superior en todo lo opinable, que es la interpretación, también errada, que ellos proponen de este último grado».

        –«Sí, eso es lo que enseñan, es lo que predican, es lo que aprendí. ¿En qué está mal?».

        –«Y… para empezar, no es tomista. Santo Tomás enseña explícitamente que en las cosas interiores el hombre tiene que obedecerle solamente a Dios, y que aún con conciencia errónea tiene que seguir la propia conciencia antes que el precepto del superior, en caso de que la conciencia le dicte algo distinto… “porque cada uno está obligado –Fray Jeronimiano citaba a santo Tomás de memoria– a juzgar de sus propios actos según la ciencia que Dios mismo le dio, sea ésta natural, adquirida o infusa”. Pero tampoco esa parte te la cuentan. Además, santo Tomás jamás, pero jamás, habló de esos tres presuntos grados. Como si santo Tomás hubiera escrito un tratado incompleto de la virtud moral más importante en la vida religiosa… En fin… Además, el hábito es una profunda unidad vital: solamente la mentalidad formalista, es decir, la de la filosofía escolástica escotista, suareciana, etcétera, ve esas divisiones “a parte rei”, una división de estratos formales en la cosa… Son todas abstracciones».

        Me costaba seguirlo a FJdR, sobre todo cuando metía latines en medio de la conversación, aunque en este caso más o menos entendía lo que quería decir: quería decir que se trataba de divisiones que estaban solamente en nuestra cabeza y no en la realidad, que en la realidad trabajaban de modo unitario la puesta en obra, la voluntad y el juicio para la realización del acto de obediencia, con una mayor o menor perfección exterior, que era la expresión de la mayor o menor radicación del hábito. Fray Jeronimiano prosiguió con su explicación, confirmándome que lo había seguido bastante bien:

        –«Esa división no existe. La obediencia tiene su asiento natural y propio en la voluntad y, mediante la voluntad enriquece a toda el alma. El crecimiento de un hábito no consiste en extenderse más allá de los confines de su asiento natural, sino en ahondar sus raíces haciéndose cada vez más irremovible. Por eso, los grados de obediencia consisten en una profundización cada vez mayor del modo de obrar y del modo de pensar a la vez a partir del influjo de la voluntad obediente de quien obedece. Lo otro son abstracciones cuyo trasfondo es una visión doble, un poco cartesiana y un poco hipócrita, de la vida espiritual».

        Se había apasionado: para mí, que con lo de «hipócrita» exageraba; pero yo ya lo conocía y sabía filtrar.

        –«Además, rompen y rompen con el tema de que el religioso mediante el voto de obediencia entrega su libertad, y también citan, con increíble desconocimiento de la terminología y de los contextos, a santo Tomás para apoyar la cantilena… Es terrible: santo Tomás no se refiere a entregar… el ¡libre albedrío!, sino a la facultad efectiva de disponer de sí mismo en cuanto a la organización de la propia vida en el tiempo y en el espacio, y a la determinación de ciertos fines particulares, como trabajos y obras a emprender, todo en orden a no obrar por capricho personal. Nada más: eso es lo que entiende santo Tomás por entregar la libertad; no se refiere a mutilar el fundamento personal de toda la vida moral y espiritual y la identidad de la persona. Pero… como te dije, son forrrmalistas, enseñan un tomismo cubista, un tomismo que vive de la fe: no un tomismo que ve, sino un tomismo que cree; no un tomismo sabido, sino un tomismo creído».

        Estaba enojadísimo. Cuando estaba enojadísimo acentuaba las erres al hablar de formalismo, de forma, de formadores… Para cerrar, añadió:

        –«Lo que tampoco te cuentan es que en el último documento emanado por la Santa Sede sobre la autoridad y la obediencia no se citan los grados de san Ignacio sino las admoniciones de san Francisco. Es más, te usan el documento para convalidar la interpretación errada que ellos hacen de san Ignacio y que, encima, le atribuyen a santo Tomás. Pero ni mencionan las admoniciones de san Francisco. La primera se refiere a la obediencia verdadera, que es la ejecución de buen grado de lo preceptuado. La segunda es la obediencia caritativa: ejecutar de buen grado aún cuando se trate de cosas menos útiles para la propia alma…».

        Se frenó porque lo miré con cierta contrariedad: los dos sabíamos que uno de los límites para obedecer es el mandato pecaminoso. Lo agarró al vuelo.

        «No –aclaró–, el texto no se refiere a hacer algo que comprometa la salvación o la santidad del alma. Lo que san Francisco quiere decir es que hay que obedecer de buen grado, aún cuando lo preceptuado lleve a comprometer una realización personal, a descartar un gusto, a olvidar una preferencia o aún cuando la obra exterior parezca menos perfecta de suyo. A esta obediencia, la llama “caritativa”».

        Era clarísimo. Y siguió:

        –«Pero hay algo más: san Francisco añade que hay un paso ulterior, cuando en conciencia veo que no corresponde ejecutar el mandato porque hay algo que va propiamente contra el alma, y entonces no lo hago, permaneciendo en la orden y soportando con alegría y caridad las maledicencias y persecuciones, sin abandonar al superior y a los hermanos, sino amándolos más por Dios».

        Lo de san Francisco era una genialidad. Y era lo que, justamente, a pesar de sus rabietas pasajeras, Fray Jeronimiano trataba de hacer.

Fr. Juan del Monte

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8 pensamientos en “Formalistas

  1. El problema es “el libre examen”… y aquí nadie cede un tranco en conciencia verdadera, errada o en defensa del relato o de lo que sea…hace falta que intervenga en Magisterio…cuando…mi dice lei, pero creo sera pronto.

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    • el problema es que los Aldeanos han sido vacunados contra el Magisterio cuando éste ha tratado de ayudarlos… ¡es todo una persecución…! Fray vicarius instalatus estuvo preparando a la muchachada contra las manos del pérfido Caballo. Así que no creo que pase algo aun si Pancho interviene…

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  2. Fray J la tiene clara….pero hay que cuidarle el bobo no sea que reviente si siguen con esta loco manía de negar la realidad y encima presionar las conciencias para que vean lo real de modo distinto….
    Creo que después de leer media hora lo entendí. …..pero me acordé que era más fácil el catecismo que te enseñaba la honra y obediencia con la única excepción de ir contra conciencia.
    Me pregunte…..será que también van a cambiar esa parte del catecismo para los aldeanos?

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  3. Complicado, pero muy bien explicado…
    Otra cosa: ¿No sé si sabían que Mc Kurrock estuvo en la Aldea? ¿Alguien sabe a qué pudo deberse la visita?

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    • parece que anduvo con otro prelado y dos menchos de ayuda para las misiones… con el berenjenal que se le armó en la sucursal norte deberá aportar una mayor cuota para que no se destape la olla…

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      • Jaja! Muy cierto! Al menos Fray Montañero anduvo con McKarlik por la aldea, y es uno de los que están tapando todo sobre el mismo…

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  4. En algún punto del planeta tierra un familiar de un aldeano que conoce algo de esta miseria aldeana me contó lo impermeable de la situación ya que no ve o no quiere ver otra realidad más que el relato B y ahora Mcu.

    Por tanto, corresponde un llamado en caridad a los aldeanos oficialistas que se animan a ver estos comentarios el renovado pedido a abri los ojos…….la aventura misionera resultó como los espejitos de los mercantes españoles…….les están vendiendo pescado podrido……huelan o pregunten por lo que pasa……..un 40 % de aldeanos afuera, la choricería sigue su ritmo, patadones en el culito por aquí y allá (eso sí, siempre porque somos ortodoxos y nos persiguen), pala de sepultureros tapando los muertos, falsa ortodoxia, manejos ilicitos de bienes por doquier……….y cuantas cosas más……….

    Moraleja: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres……………

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