Santo Tomás y los tiranos

saturnoUn texto interesante de santo Tomás, que no se refiere a todas estas cosas… pero «se aplica».

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Santo Tomás, De Regimine Principum, lib. I, cap. 4

            Entre los regímenes injustos, el más tolerable es la democracia; el pésimo, la tiranía.

            Lo mismo se evidencia máximamente si alguien considera los males que provienen de los tiranos, porque, como el tirano, despreciado el bien común, busca el privado, consecuentemente grava a los súbditos de diversas maneras, según las diversas pasiones a las que [el tirano] subyace para afectarse a algunos bienes.

            En efecto, quien está sojuzgado por la pasión del poseer, arrebata los bienes de los súbditos, por lo cual dice Salomón: «El rey injusto construye la tierra, el hombre avaro la destruye» (Prov 29,4).

            Si, por el contrario, subyace a la pasión de la iracundia, derrama sangre por nada: «Sus príncipes en medio de ella como lobos que arrebatan la presa para derramar su sangre» (Ez 22,27). Por lo tanto, el sabio avisa que hace falta huir de este régimen: «Manténte lejos del hombre que tiene el poder de matar» (Sir 9,18), porque no ya por justicia, sino por el placer de la voluntad mata ejerciendo su poder.

            Así, por lo tanto, no habrá ninguna seguridad, sino que todas las cosas son inciertas, puesto que no rige el derecho, y nadie podrá indicar qué hay dentro de la voluntad del otro –para qué hablar de su concupiscencia–.

            Pero no solo en las cosas corporales el tirano grava a los súbditos, sino que incluso impide también sus bienes espirituales, porque, quienes más apetecen presidir que ayudar, obstruyen todo provecho de los súbditos, sospechando que toda excelencia de los súbditos se torna en perjuicio de su inicuo dominio. En efecto, para los tiranos son sospechosos más los buenos que los malos, y siempre les resulta de temer la virtud ajena.

            Por lo tanto, los susodichos tiranos procuran vehementemente evitar que sus súbditos vueltos virtuosos adquieran el espíritu de magnanimidad y no toleren su injusta dominación, o que entre los súbditos  se establezcan lazos de amistad, o gocen de la ventaja de la paz mutua, a fin de que, al carecer de confianza recíproca, no puedan conspirar algo contra su dominio. Por lo cual siembran discordias entre ellos, alimentan las existentes, y prohíben todas las cosas que pertenecen a la alianza de los hombres, como matrimonios y banquetes y cosas por el estilo, por las que se suelen generar la familiaridad y la confianza entre los hombres.

            También procuran vehementemente que sus súbditos no se hagan poderosos o ricos, porque, juzgando de los súbditos según la conciencia de su propia malicia, así como ellos mismos usan el poder y las riquezas para damnificar, así temen que el poder y las riquezas de los súbditos se les vuelvan nocivas: «Los sonidos del terror siempre [resuenan] en sus oídos y cuando hay paz (es decir, cuando nadie intenta hacerle mal) siempre sospecha insidias» (Job 15,21).

            Por esto sucede que cuando presiden los que, debiendo inducir los súbditos a las virtudes, en cambio envidian la virtud de los súbditos y la impiden por cuanto pueden, se encuentren pocos virtuosos bajo los tiranos. Pues, según la sentencia del Filósofo, los varones fuertes salen de los grupos en los que se honra a los más fuertes; y como dice Cicerón: «Decaen siempre y poco valen las cosas que son aprobadas por pocos» (Tusc 1, 2).

            Además es natural que los hombres criados bajo el temor degeneren en ánimo servil y se vuelvan pusilánimes para toda obra viril y exigente –lo que consta por experiencia en las provincias que estuvieron largo tiempo bajo tiranos. Por eso dice el Apóstol: «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se vuelvan pusilánimes» (Col 3,21).

            Considerando estos males de la tiranía, dice el rey Salomón: «Reino de los impíos, ruina de los hombres» (Prov 28,12), o sea, porque, sujetos por la maldad de los tiranos, defeccionan de la perfección de la virtud. Y más adelante dice: «Cuando los impíos tomaron el poder, gimió el pueblo» (Prov 29,2), como reducido a servidumbre; y de nuevo: «Cuando insurgen los impíos, se esconden los hombres» (Prov 28,28), para evadir la crueldad de los tiranos. Y no hay que maravillarse, porque el hombre que preside sin razón, según la concupiscencia de su alma, no se diferencia para nada de la bestia. Por eso dice Salomón: «León rugiente y oso hambriento es el príncipe impío sobre el pobre pueblo» (Prov 28,15). Y por eso los hombres se esconden de los tiranos como de bestias crueles, puesto que parece lo mismo estar sujeto a un tirano y caer bajo una bestia cruel.

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