Fray “Calculetti”

calculin

Sección “El tren fantasma”.

Historias de personajes ilustres de la comunidad del Aquelarre de Transylvania

–Los cuales, por supuesto, nunca existieron–.

 

Cualquier semejanza con la realidad o con alguna película de terror… es exclusiva responsabilidad de la interpretación del lector (porque, obviamente, entre cristianos normales estas cosas no ocurren ni pueden existir).

 

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Fray “Calculetti”

–Otra historia que nunca ocurrió–

 

        Todo lo humano le era profundamente ajeno.

        Él decía que no, que siempre y solamente se manejaba por la razón, y que eso era humano; en este sentido, tenía razón. Pero el problema es que su razón era la razón pura. Y eso no era humano.

        Era un razonador. Razonador matemático. Es más: euclidiano nato. De inteligencia eminente pero de espíritu geométrico, jamás conoció lo que era sentir amor ni sospechó siquiera algo así como la existencia del esprit de finesse.

        Afortunadamente para todas las mujeres del mundo, jamás tuvo novia; pero si la hubiera tenido, la relación habría terminado como lo ejemplificaba una famosa propaganda de colchones (https://www.youtube.com/watch?v=tvi6ASXdzQQ).

        Afortunadamente para todo el mundo, tampoco se dedicó a la pintura; de haberlo hecho, habría sido cubista.

        Desafortunadamente para todo cofrade, su pasión era el número; y calculaba. Calculaba y calculaba. Calculaba todo. Si veía a un cofrade tomando un vaso de agua, inmediatamente sacaba la cuenta de cuántos metros cúbicos de agua hacían falta para abastecer durante una semana la comunidad de once frailes distribuidos en un espacio de 400 m2, según la altura y medidas de cada fraile y su tipo de grupo sanguíneo. Así con todas las cosas.

        Para él la realidad, inclusa la realidad de las almas, se podía expresar en una ecuación matemática, todo tenía bordes perfectos y la forma poincareniana del círculo constituía su trazado más profundo. Cual trágico rey Midas convertía no ya en oro sino en número todo lo que tocaba.

        En realidad se llamaba Fray Cantino. Sin embargo, a causa de su pasión por el cálculo y, para aludir a su cara, algunos cofrades maliciosos que tuvieron que soportar su dureza le pusieron entre los pasillos el mote de «Calculetti». Demás está decir que, por las dos razones recién indicadas, le calzaba a la perfección.

        Riguroso en sus razonamientos, durísimo en sus juicios, rígido en sus conceptos, resultaba imposible tratar de hacerle cambiar de perspectiva y de hacerle ver los matices de las cosas. Cuadrado como él solo e inmutablemente fijado en la rigidez de sus presupuestos. Jamás pensar, ni por hipótesis, en un cambio de paradigma.

        Aunque nunca lo hubiera expresado de este modo –sus fórmulas sonaban, habitualmente, como las tradicionales–, sin embargo, para él las personas no podían progresar, sino simplemente funcionar. Ni siquiera es que lo pensase en estos términos: simplemente ello constituía el presupuesto tácito pero permanentemente activo de toda su conducta. No le interesaba acompañar el crecimiento de una persona, sino garantizarse un resultado. Le resultaba literalmente imposible entender el dinamismo psicoespiritual del crecimiento personal, no podía evitar imaginarlo como una semirrecta, una sucesión de puntos que se sigue de manera lineal y continua.

        Si ocupaba un puesto que le daba autoridad de gobierno, hacía imposible todo intento de dialogar con él por parte de las personas que tenía bajo su cargo. Él decía, él afirmaba, él anunciaba, él decidía, él sentenciaba. El interlocutor tenía que limitarse a asentir y tenía que procurar convencerse de que lo que él había dicho era así, que él tenía razón. De lo contrario, era decididamente marginado, buscaba descalificarlo y eliminarlo: si matar no hubiera estado prohibido por la ley de Dios y hubiera sido indiferente, lo habría matado. Un súbdito no podía osar tener una opinión propia que no fuera la opinión del superior, que tenía que asumir como propia. Eso era, en la doctrina de Fray Calculetti, el culmen de la obediencia.

        De psicología fuerte, degustaba y paladeaba cada ocasión privilegiada para doblegar a otra persona. Le encantaba «ver» retorcerse en contorsiones de dolor una psique, lo disfrutaba como un manjar exquisito. Era el modo de colmar su vacío sentimental, que lo convertía en una suerte de Marqués de Sade espiritual. Como, por ejemplo, en aquella ocasión en la que otro fraile, con una seria y grave enfermedad psíquica, estuvo de visita por unos días en su comunidad. «Media hamburguesa para cada uno», dijo. Para cualquier otro era una simple broma, pero para esa persona era un terremoto. Y Calculetti lo sabía. Y lo dijo para lograr ese efecto. Disfrutaba con la catástrofe que su comentario significaba para esa persona seriamente enferma. Le encantaba sentir la repercusión devastadora de sus palabras en una psicología débil.

        Tenía necesidad de devorar al prójimo. Su capacidad de cálculo corría paralela a su afán de dominio. No que aspirase a puestos de renombre –si bien, por la autoridad que tenía ante los eternos miembros de la Junta siempreigual, los obtuviese con frecuencia–, sino que aspiraba, desde el lugar en que se encontrase, a dominar.

        Cuando «corregía», asesinaba. Si un alma caía bajo su «guía», la torturaba a placer, la destrozaba poco a poco, la pulverizaba, hasta convertirla en una simple marioneta limitada a ejecutar sin mayor resistencia sus directivas: eso era «la santidad».

        Su filosofía real era el mecanicismo; kantiana su perspectiva; su moral, estoica. Para él la santidad se obtenía como resultado de hacer siempre el mayor esfuerzo. La gracia convalidaba el esfuerzo y convalidaba de modo mayor el esfuerzo mayor. Algunos cofrades le advirtieron, amigable y discretamente, que estaba cometiendo un serio error de principio, que lo que santificaba un alma no era el esfuerzo sino la caridad… pero él continuó impertérrito con sus ideas y sus prédicas.

        Por supuesto, esto no obstaba para que hablase de la gracia. Hablaba, sí, de la gracia –¡y cuánto!– y de cosas espirituales… pero todo en él estaba transportado… de tono, funcionaba en otra escala, en otra frecuencia, la de los ejes cartesianos, la de la aritmética y la geometría. Así, lo que predicaba como sobrenatural, lo naturalizaba en la vida real y lo diluía en el cálculo infinitesimal y en la… integral de la vida espiritual.

        Paradigmático caso del eneagrama, su consolidado perfil psicológico desconocía los sentimientos. Sus sentidos externos eran la expresión directa de sus ideas, sin pasar por todo ese complejo mecanismo de la afectividad sensible, lo sentimental, lo emocional. Había luchado contra su faz sentimental, y la había derrotado por completo. Por eso, sonaba como una computadora que emitía mensajes. Típicos de él eran razonamientos como el que se le oyera dirigir alguna vez desde la cátedra: «Tenemos que amar a la Virgen [bip, bip]. Pero somos cuerpo y alma [bip, bip]. Por lo tanto tenemos que expresar nuestro amor a la Virgen sensiblemente [bip, bip]. Por eso hay que darle un beso a la imagen de la Virgen [bip, bip]». Es que él era así, él razonaba así. El beso no era, ni podía absolutamente serlo en él, la espontánea expresión de un sentimiento, sino la razonada conclusión de un silogismo. El paso directo de la esfera espiritual a la sensitiva, sin atravesar lo emocional, no era, de ningún modo expresión de una carencia real congénita sino el efecto de una automutilación voluntaria. Decidió, no ya no dejarse influenciar por las emociones para tomar decisiones, sino no sentir las emociones, vivir sin sentimientos. Para él eso era la cumbre de la vida espiritual. Se sentía san Juan de la Cruz. Y hacía estragos en las almas que tocaba.

  • §§

        Calculetti murió. Murió de cálculos.

        De cálculos en el cerebro.

        Todavía está en el purgatorio: estará allí hasta que abandone el hábito de calcular y el espíritu de geometría.

        Pena difícil. En efecto, se comenta que está caminando de acá para allá para calcular los confines del purgatorio y calculando cuántos días le faltan para salir en razón de las penas que había calculado que debía descontar.

        Por supuesto, rezamos por lo que queda de él.

Fr. Juan del Monte

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5 pensamientos en “Fray “Calculetti”

  1. Muy bueno ! La primera vez que apareció en este espacio dudaba sobre su real identidad porque me parecia corresponder a mas de uno… El de hoy no deja dudas! Aguante el Chapulin !!!

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