Autocrítica cero (II)

chori

        La empresa había nacido como una iniciativa original para buscar y promover la verdad. Lamentablemente, con el paso del tiempo después se había ido corroyendo y ya no era la de los inicios. La búsqueda y la promoción de la verdad habían sido miserablemente sustituidas por el relato.

        La cosa empezó con la tendencia al triunfalismo.

        La tendencia al triunfalismo llevó a no querer ver los errores, para no verlos y, por consiguiente, no mencionarlos.

        Y así fue como el relato sustituyó a la verdad de las cosas.

        Convertida ya en una multinacional, seleccionaba cuidadosamente los empleados, promoviendo de manera sistemática a quienes asimilaban y divulgaban el relato, y relegando, de manera más sistemática aún, a quienes, en cierto modo, se manifestaban discordantes. Los puestos clave estaban ocupados, todos ellos, por los más fieles miembros de la ivámpora; cuando no ocupaban un cargo, algunos de éstos se hacían presentes para dar «apoyo moral». La situación jerárquica había quedado firmemente consolidada mediante la promoción, el ascenso y el alternarse de los miembros de la ivámpora, lo que permitía ilusionarse con la esperanza de una prolongación secular de los incondicionales en los cargos. La cosa iba a funcionar mientras ellos estuviesen en el gobierno, comentaban habitualmente, puertas adentro, los eternos dirigentes.

        Pero, cómo son las cosas, ¿no? Vaya a saber por qué, cuando nadie se lo esperaba, cayó, como de un asteroide, el anuncio de que la próxima reunión general de directorio contaría con dos asistentes externos nombrados por la Dirección Universal de Empresas. A nadie ajeno a la empresa escapaba el significado de la designación: algo, claramente, no funcionaba; o bien, algo funcionaba oscuramente.

        Fue ahí cuando Ivrancatelli montó, una vez más y con su habitual estilo sutil de guantes blancos, el relato. Dotado de una capacidad única para contorsionar su intelecto y distorsionar cualquier tipo de información, expresó que el anuncio del envío de los asistentes era la manifestación explícita de que la Dirección Universal de Empresas estaba maravillada con el funcionamiento de la empresa y que, por ello, quería asegurarse de que ninguna interferencia impidiese que la reunión general tuviese los excelentes frutos que siempre tenía. La presencia de los asistentes y su tutela, decía, eran una garantía para el éxito de la reunión.

        Por supuesto, al mismo tiempo que lanzaba la versión oficial, Ivrancatelli había comenzado a armar, con los eternos, «la paralela», como habían hecho en todas las ocasiones similares. En efecto, estaban perfectamente convencidos de que el éxito de la reunión dependía, en realidad, de ella.

Jeremias von Andria

 

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