El sermón de Fray Calculetti

       lavado-de-cerebro-1 Estaba la comunidad entera del Aquelarre de Transylvania en la capilla mayor. Habían venido, además, todos los miembros de las distintas comunidades de Transylvania. Era nuestra solemnidad mayor. Yo estaba en la mitad de la nave central, y a mi lado se había sentado, ¡justo!, Fray Jeronimiano del Rey. No me podía mover, y ya me veía venir lo que iba a pasar.

     Después de las solemnes lecturas Fray Calculetti subió a la cátedra y comenzó su prédica.

        Hoy celebramos a nuestra santa Patrona, Santa Emerenciana Mercedes Finca. Y por eso voy a hablar de la obediencia.

        –«¡Sonamos!» –me dijo en voz baja Fray J. del Rey golpeándome el brazo con el codo– «¡Otra vez!».

        Tal como me había imaginado. Fray JR solía comentar todas las prédicas y era medio difícil seguirlas teniéndolo al lado. Sus comentarios eran divertidos y, la gran mayoría de las veces, acertados. En esta ocasión estaba particularmente descontento, porque Fray Calculetti se había vuelto «maníacobediencista» –decía él–. En efecto, todas las veces que tenía que predicar, predicaba sobre la obediencia. Enganchaba el tema de cualquier manera, buscaba cualquier artilugio. Por ejemplo, si tenía que hablar de santa Cecilia, patrona de la música, arrancaba: «Hoy es santa Cecilia, patrona de la música. La música se escribe en el pentagrama. Para hacer bien música, hay que seguir el pentagrama. Seguir el pentagrama es obedecerlo. Por eso, hoy voy a hablar de la obediencia». Si era el día de san Luis rey, comenzaba: «Hoy es san Luis rey. Los reyes tienen súbditos. Y los súbditos deben obedecer a los reyes. Por eso, hoy voy a hablar de la obediencia». Si era el día de san Tarcisio, iniciaba: «San Tarcisio fue mártir de la eucaristía, porque murió llevando la comunión. Llevó la comunión porque se lo mandaron. Por lo tanto fue mártir de la obediencia. Por eso, hoy voy a hablar de la obediencia». Los ejemplos podrían agotar todo el santoral. La cosa es que era cierto: Fray Calculetti se había vuelto monotemático, como un vinilo rayado. Es que, desde que ocupaba cargos de gobierno, vivía con la sospecha permanente de que no le obedecían y con el terror constante de que no le obedecieran.

        Lo que más bronca le había dado a Fray JR era que nuestra santa Patrona se había destacado por lo que ella daba en llamar «tener motor propio», «libertad de espíritu» y «vacar en la gracia». Hacía añares que en Transylvania no se escuchaba hablar de estos temas, y ya dos generaciones de frailes, formados en el nuevo formato de seminantado, ni siquiera sospechaban la existencia, no ya de tales cosas, sino de tales palabras.

        –«¡Pero qué tiene que ver –siguió– Emerenciana con la obediencia!».

   –«Calláte –le dije, codeándolo a mi vez–, dejáme seguir la prédica. Tampoco exagerés». Es cierto. Me gustaba escuchar las observaciones de FJR, pero debo reconocer que a veces exageraba. Nuestra santa Patrona había vivido y enseñado correctamente la obediencia, no es que no tuviera «nada que ver». Aunque, certísimamente, nada justificaba el «por eso» de la prédica. El sermón prosiguió:

        El religioso consagra todo su ser a Dios mediante los votos

        –«Error» –notó inmediatamente FJR– el ser se le consagra a Dios mediante el bautismo. ¿Dónde estudió teología este tipo?».

        Parte de nuestro ser es la inteligencia.

        –«Verdad».

        Y le consagramos nuestra inteligencia a Dios mediante el voto de obediencia.

        –«¡Error!»– me volvió a codear, ahora sí visiblemente enojado, FJR. «La inteligencia se le entrega, “consagra”, a Dios mediante la fe. Este tipo confunde las virtudes teologales con las cardinales».

        –«¡Quedáte quieto!»– le dije. Estaba nervioso y parecía como si tuviera hormigas por todo el cuerpo. A mí no me convenía que me viesen sentado justo al lado de él, porque a él ya lo habían puesto en la lista negra, la de los «desobedientes, de mal espíritu, de juicio propio», y tenía miedo de que me «marcasen». Pero tampoco podía moverme en este momento. Igual, FJR tenía toda la razón.

        La consagración de nuestra inteligencia a Dios mediante el voto de obediencia es lo que se llama «obediencia de juicio».

        –«Te dije. Siempre lo mismo».

        Pero como la inteligencia es parte de nuestro ser, si yo no le entrego a Dios mi inteligencia, no le estoy entregando todo mi ser.

        –«Verdad en un sentido, falso en otro. Ya cayó en el error y ahora desvaría coherentemente. Es verdadero en lo teologal, pero no tiene nada que ver con la obediencia de juicio. Mirá cómo va a seguir»– FJR se conocía de memoria el libreto de Fray Calculetti.

        Por consiguiente si yo no tengo obediencia de juicio, no le entrego a Dios todo mi ser.

      –«Agarró para el lado falso, ¿viste?».

        Ahora bien, la obediencia de juicio no se refiere al plano teórico, de las ciencias. No quiere decir que en el ámbito del estudio de un tema el súbdito tenga que aceptar con su inteligencia como verdadero todo lo que dice el superior.

        –«Menos mal».

        La obediencia de juicio se refiere al plano práctico.

        –«Sonamos».

        El plano práctico es el plano prudencial de las cosas de todos los días, se extiende a «infinitas» cosas contingentes. No es el plano de la certeza científica sino de lo opinable. Por lo tanto, si yo me reservo una opinión personal, que es distinta a la del superior, entonces no le estoy entregando totalmente mi inteligencia a Dios.

      –«Claro. Entonces me tengo que amputar el cerebro. ¿Por qué no se lo amputa él, así no dice más semejantes barbaridades?».

        Ya a esta altura, FJR había levantado presión. Yo tampoco podía creer lo que estaba escuchando. Sobre todo porque en sus primeros tiempos, Fray Calculetti era un ser humano bastante normal, con sus defectos y sus virtudes, pero fundamentalmente normal. Ahora, lo habían convertido en «eso».

        Por eso la obediencia de juicio pide que en el plano práctico prudencial de lo cotidiano yo adecue mi inteligencia a la voluntad del superior, haciendo mía su opinión, sin tener otra opinión que la suya.

        –«Lobotomía intelectiva. ¡Y pensar que así forman a los nuevos miembros!».

        Y esto, incluso cuando me parezca evidente, evidente, evidentísimo que no es así. Un ejemplo: si la comunidad tiene una deuda de 4 y el superior me da 3 y me dice «pagále 3», yo le tengo que pagar 3 y tengo que pensar que está bien y que es lo mejor, aunque la deuda fuese de 4. Si me da 5 y me dice «pagále 5», yo le tengo que pagar 5 y tengo que pensar que está bien, y que es lo mejor.

       –«Sí, pero no te puede hacer pensar que la deuda no era de 4 si era de 4».

        Por eso, esta obediencia de juicio hay que vivirla siempre, y asumir siempre la opinión del superior como propia, aunque me parezca evidente lo contrario. Si no, puedo terminar oponiéndome a Dios.

        –«Ah, bueeee…».

        Fray J. del Rey estaba ya muy descontento. Sus reacciones me ponían incómodo, pero no podía negar que tuviera razón. El sermón, un verdadero disparate, exactamente en el día de nuestra máxima solemnidad, estaba causando escándalo en las almas. Estaban los jóvenes frailes estudiantes y estaba toda la plana mayor de los eternos, toda ella con una tal sonrisa beata en el rostro y con tales gestos permanentes de asentimiento y de aprobación que despertarían la envidia del mismísimo Boudou y de los aplaudidores profesionales del totalitarismo vernáculo.

        –«¡Pero este tipo no distingue nada!»– añadió. «Mirá: primero, no distinguió entre el voto y la virtud, y, segundo, no distinguió los grados de la virtud. La presunta obediencia de juicio, si es que la debiera haber –y acordáte que santo Tomás jamás habló de algo que siquiera se le acercase–, bien entendida, sería el grado último de perfección de la obediencia, el grado supremo de la virtud, que presupone los grados precedentes, bien consolidados, bien arraigados. Una persona que no ha llegado a esa suma perfección no es, por ello, desobediente, ni viciosa, y ni siquiera “imperfecta”».

        En lo último, lo de la imperfección, había vuelto a exagerar, aunque el tema se puede discutir, depende de puntos de vista. Pero en todo lo demás tenía razón. Tenía toda la razón. Y conocía muy bien a santo Tomás. En ese campo no se le animaba nadie. Por eso también buscaban marginarlo y desprestigiarlo.

        El que no tiene obediencia de juicio puede terminar luchando contra Dios, como les pasó a los fariseos. Ellos, vemos en el evangelio, rechazan a Jesús. Y lo rechazan porque para ellos era evidente que era de Nazareth. Y sabían que el Mesías tenía que nacer en Belén. Y como para ellos era evidente que era de Nazareth, entonces no era el Mesías. Y por eso, por haber seguido la evidencia y haberse aferrado a su propio juicio, terminaron rechazando a Jesucristo.

        –«¿Viste? Ahí se deschavó. Ahí saltó la cosa. Confusión neta entre lo teologal y lo cardinal, entre el acto de fe y el acto de obediencia. ¿No te dije?” ¡Y este tipo es director de almas y forrrmador permanente…! Dios mío, a lo que hemos llegado».

        Fray Jeronimiano siguió con sus comentarios, que me impidieron escuchar los últimos momentos de la prédica. Me hubiera gustado poder hipotizar que la conclusión desmentía las premisas… pero Fray Calculetti era el maestro de la coherencia. Y por cómo continuó la historia, la conclusión debió haber seguido la línea de las premisas.

        En efecto, Fray Calculetti sacó premio. Lo nombraron consultor permanente de omnibuscumque, referente principal de Transylvania y todo lo que se le pareciere, y lo enviaron a impartir criterio a los lugares más estratégicos y cualificados con credenciales universales y pertenencia indeleble al círculo de los eternos.

Fr. Juan del Monte

Anuncios

14 pensamientos en “El sermón de Fray Calculetti

  1. “Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

    ¡Feliz día de Cristo Rey!

    Me gusta

  2. El cuentito es buenísimo, qué imaginación privilegiada hay que tener para inventar personajes, lugares, situaciones sobre cosas que jamás pasaron!!
    Igual me cuesta creerles que antes haya sido diferente… “de tales polvos tales lodos…”

    Me gusta

  3. Conocí en mi diócesis varios frailes que sufrieron algo semejante con los Calculettis y obsecuentes de Calculettis que pululan por ahí. También religiosas, nada lindas. Lo de estas fue peor. En fin…

    Me gusta

  4. Dónde habrán leído que esta santa virtud faculte a los superiores a la arbitrariedad? Realmente los que obran así muestran graves errores doctrinales y de teología moral

    Me gusta

  5. Enseña Castellani: “la obediencia es una virtud moral, que sólo puede permanecer virtud en el ámbito de la caridad y en acuerdo con la prudencia. La virtud cardinal de la prudencia regula todas las obras; la virtud teologal de la caridad las inicia y las corona. Sin eso no hay virtud verdadera, sino simulacros de virtudes”… Y más adelante dice: “la virtud de la obediencia no puede existir sino dentro de la caridad y junto a la prudencia. La caridad es el núcleo central del cristianismo —amar a Dios y amar al prójimo— y debe iniciar, acompañar y coronar todas las virtudes”. “El ideal de la caridad es la comunión o unión de las almas: jamás ha sido ni puede ser una trapisonda para que lo bajo domine a lo alto, el que no sabe guíe al que sabe, se cierren los ojos a la realidad, se destruya la espontaneidad vital, se mutile la persona humana, se resigne la luz de la conciencia, o se convierta al hombre en pieza inanimada de una monstruosa máquina. Eso no es perfección ni cuernos. Ante esa pretensión, así sea subconsciente, o simplemente incoada, la rebelión es permitida y a veces obligatoria. Cristo dio el ejemplo, San Ignacio dio el ejemplo, y. . . creo que también el llamado Santo de la Espada dio el ejemplo una vez, según dicen”.

    Me gusta

    • Aunque Ud. no lo crea, en ciertos ambientes vernáculos en los que antiguamente Castellani era muy apreciado y muy leído, ahora se deja caer la idea de que en este tema se equivoca, porque no sería del todo preciso y, además, llevaría al descontrol y a la ingobernabilidad.
      Por otra parte, hemos insertado en el blog algunos textos fundamentales de Castellani, brillantes, al respecto, e insertaremos otros. De todos modos, le agradecemos su aporte.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s