El vómito del Dragón

cuocuo

«La Serpiente vomitó detrás de la Mujer

como un río de agua, para que la arrastrara.

Pero la tierra vino en ayuda de la Mujer:

abrió su boca y se tragó el río que el Dragón había vomitado»

(Apoc 12,15-16)

        Por un lado estaba cansado, por el otro se divertía. Le parecía estar viviendo un cuento fantástico, si no una fábula. Le parecía mentira haberse encontrado con tanta dureza de corazón, tanto empecinamiento, semejante incapacidad de realizar un sincero y profundo examen de conciencia, individual e institucional, eso a lo que hoy en día llaman «autocrítica». Incapaces de autocrítica, duros como un muro, una muralla… pero una muralla voluntaria, construida por la voluntad de no ver: habían decidido no ver y, por consiguiente, hablar con ellos era como hablar con una pared.

 

        El sentimiento de cansancio y el motivo de diversión le llegaron simultáneamente. Acababa de recibir por trigésimo tercera vez una respuesta negativa después de haber presentado prolijamente, como todas las otras veces, su curriculum. Era un buen cocinero; es más, un excelente Chef. El problema, o el fondo de todos los problemas, se encontraba, quizás, o sin quizás, exactamente ahí.

        En su largo período en la Academia de Chefs pudo aprender una gran cantidad de cosas, adquirió un notable manejo de la técnica, es decir, la habilidad, la facultad, en las cosas de cocina, que supo enriquecer estudiando los matices que el arte de la cocina ofrecía en las distintas culturas. Sobresalía, sin lugar a dudas. Pero, claro… sobresalir, sobre todo en un ámbito de «sobresalientes», es siempre un peligro.

        No era ningún tonto, supo manejar distintas situaciones. Supo manejarse con perfil bajo cuando las circunstancias lo requerían; supo aguantar las, como se acostumbra decir en estos tiempos, «chicanas» de compañeros mediocres, y tantas otras cosas. Pero hubo una cosa, una cosa sola, que no supo y no pudo soportar. Porque lo afectaba no sólo a él, sino a todos sus compañeros de la Academia y a la Academia misma, al honor mismo de la institución –el cual está antes que el prestigio, porque éste es algo externo, mientras que aquél hace a la dignidad interna de la cosa–.

        Fue un descubrimiento, pero no inmediato. Le resultaba difícil explicarlo, incluso a sí mismo, pero fue algo como un proceso, un proceso de «retorno». A lo largo del período de «formación» su paladar se había ido acostumbrando a distintos gustos, distintas variedades, se fue «educando». Algunas cosas que le resultaban repugnantes al inicio se le hacían, después, familiares. Era lógico, y ello hablaba de la buena disposición de su paladar. Tenía bien en claro que «sobre gustos no hay nada escrito», y sabía encontrarle el lado bueno a las cosas más increíbles. Sin embargo, hubo un elemento que poco a poco se le fue haciendo cada vez más notorio, hasta el punto de no poder negarlo porque era una evidencia, clara como el sol. Le había llamado la atención, en realidad, al inicio: pero, como en el adiestramiento del paladar se había habituado a asimilar cosas que al inicio parecían desagradables, le restó importancia, y lo redujo a una simple impresión, algo soslayable. Algo que «no podía ser así». No obstante todo, ahora, después de tantos años, la cosa volvía a hacerse clara, indudable: la Academia trabajaba con pescado podrido.

        Pescado podrido. Los matices, las técnicas, el verso de las culturas y todo ello estaba orientado a enmascarar el sabor desagradable del pescado podrido. La presunta educación de los paladares era una perversión radical del sentido elemental del gusto, que terminaba por desorientar para siempre a los miembros de la Academia. La invocación de las historias de los antiguos grandes Chefs, que era una constante en las lecciones, no tenía otro objetivo que el de consolidar en los estudiantes la convicción de que estaban en el buen camino.

        Pero tendrían que haberse dado cuenta: los Chefs que salían de la Academia trabajaban solamente en los restaurants dependientes de la Academia, que eran como una prolongación de la misma, y su preocupación principal era la de suministrar más estudiantes a la Academia.

        Su único pecado había sido el de darse cuenta de la verdad. Pescado podrido. No podía negarlo: había recuperado el paladar y la cordura. Por ingenuidad o por caridad intentó una vez comentar algo a las autoridades de la Academia. Desde ese entonces fue marginado cada vez más; se lanzaron avisos, subterráneos por cierto, a todas las sucursales para que se desprestigiasen los platos que él proponía, y poco a poco lo fueron dejando inoperante. Le impusieron un degustador que, con notable animosidad, examinaba al detalle cualquier plato que él idease, emitiendo, de manera sistemática, juicios negativos. La situación se hacía intolerable: para él cocinar era vivir, y lo que habían hecho con él era, sin más, un homicidio; lo habían asesinado, de hecho –y lo sabían–.

        En esa situación, de vida y muerte, decidió irse. La Academia no hizo ningún esfuerzo por retenerlo: lo consideraban un elemento peligroso y temían que la acusación acerca del pescado podrido llegase a oídos de los demás miembros y estudiantes. «¡Qué van a decir?» –exclamaban enardecidos los eternos directores de la Academia– «¡Se nos van a ir los estudiantes!». Para ellos decir la verdad estaba mal, era pecado de…, difamación e imprudencia; pero realizar los hechos no era tan grave… decir que a los estudiantes les daban pescado podrido era peor que dárselos; abrir sus inteligencias a la realidad era peor que dejarlos en la ilusión y el engaño. Para ellos el lenguaje era superior al ser.

        Le facilitaron la salida. Pero no la vida.

        Sin haber tomado en cuenta ninguna de sus indicaciones, sin haber apreciado sus contribuciones ni, ¡mucho menos!, haber examinado seriamente la cuestión del pescado podrido, se encarnizaron en una campaña del terror y del desprestigio, para prolongar su vida muerta. Por eso, cuando abrió en el Bar la carta con la trigésimo tercera respuesta negativa a su pedido de trabajo, no pudo evitar una carcajada.

        Estaba, sí, cansado; pero la cosa era también divertida. Cada vez que él presentaba su curriculum y, habiendo superado las primeras pruebas, estaba por ser asumido, llegaba al restaurant una «carta de “recomendación”» de la Academia, donde se elencaba, marcando notablemente las tintas, todo lo que pudiera complicar la efectiva asunción del nuevo Chef. Hasta ahora lo habían logrado. Era un vómito gratuito que se apoyaba sobre cosas del período de aprendizaje: «Una vez puso demasiada sal… ¡Una vez dijo que había que disimular el gusto amargo de una sopa de pescado!». Se habían dedicado al carpetazo. A construir verdaderos prontuarios para denigrar e impedir que el Chef pudiera seguir viviendo. Era una doble moral, porque no habían lanzado ningún tipo de investigación seria acerca de los responsables del pescado podrido. En fin, se trataba de un vómito hipócrita de quienes habían hecho de la simulación un culto. Pero no: estaban encarnizados y cualquier recurso era válido para desprestigiar al Chef que se había dado cuenta de que en la Academia trabajaban con pescado podrido.

        Leyó de vuelta la negativa. Sonrió nuevamente. Y pidió un «Cuba libre».

Bartolomé Paz

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6 pensamientos en “El vómito del Dragón

  1. Estupendo ! Qué triste acostumbrarse al pescado podrido ! Qué triste darse cuenta que el pescado está podrido y no denunciarlo por miedo a los ‘correctos’ directores de la Academia.

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  2. Para saber mandar
    Hay que saber bastante obedecer
    Y hay que saber bastante padecer
    Para saber un poco castigar…
    Pero para saber ser desdichado
    Hoy día lo dan gratis o al fiado.

    De enemigo pequeño
    Me libre Dios, que al grande yo lo obligo
    A ser mi esclavo o dueño
    Y lo elimino así como enemigo.
    Antes de hacer macanas, dáos al ocio
    La injusticia no es siempre buen negocio.

    No oprimíais los carismas.
    No matéis al profeta, sacerdotes.
    Ellos tienen sus prismas
    Y ven cosas, y encima ponen motes.
    No cortéis a ningún pájaro el vuelo.
    Con esto y algo más se gana el cielo.

    Aunque estéis en la cima
    No creáis que veis todo o que sois todo.
    No es para siempre estar encima,
    El hombre para Dios es siempre lodo.
    Dios nos libre de burros y sus coces
    Y de los hombres que se sienten dioses.

    P. Leonardo Castellani. Carta al gran Vizir. Su Majestad Dulcinea

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