De diez desviaciones psicológicas de formadores y de superiores (1-2)

kant     Este escrito intenta describir algunas desviaciones psicológicas de formadores y  superiores. Valgan algunas aclaraciones antes de entrar en materia.

        Ante todo, ha de saberse que hemos evitado a propósito el término “vicios” porque no abordamos el campo moral sino que nos limitamos a individuar algunos patrones de conducta. Se tratará de hábitos, sí, pero caracterizados en su dinamismo psíquico y no predominantemente en su valor moral ni, por cierto, en la imputabilidad moral de los mismos. El predominio de estos hábitos crea una fisonomía psicológica, un perfil, que hemos podido verificar muchas veces a lo largo de una experiencia que ya acumula varias décadas.

        Por otra parte, habrá de tenerse en cuenta que nos referimos a formadores y a superiores de ambos sexos. Las desviaciones a que nos referimos son desviaciones que frecuentemente expresan una paternidad o maternidad frustradas; adquieren una particular raigambre psíquica porque muchas veces operan en el marco de una no bien vivida renuncia al amor humano, es decir, de la mujer que renuncia a tener un varón que la quiera como mujer, del varón que renuncia a tener una mujer que lo quiera como varón. Esta renuncia mal vivida se canaliza de distintas maneras, buscando equilibrar la psique según diversos mecanismos de compensación. No hablamos aquí de quien se entrega a las bajas pasiones, sino propiamente de quien sucumbe miserablemente ante las altas, tanto más engañosas y graves cuanto más fácil resulta que se presenten bajo razón de bien.

        Pasamos a espigar lo que se podría llamar un “bosquejo de las caricaturas de la paternidad”, dejando en claro que las diversas tipologías no son necesariamente excluyentes entre sí, sino que en una misma persona pueden confluir distintas facetas, como en una misma persona pueden convivir elementos de distintos tipos de temperamento.

  1. Padre ausente

        Es el cuadro del padre que no acompaña con su presencia el proceso de crecimiento de los hijos. Los motivos invocados son de lo más variados. Uno de los más conocidos es aquél según el cual no está físicamente presente porque dedica su tiempo a garantizar el proceso de crecimiento desde otros espacios (… el trabajo…).

        En realidad, es un fenómeno que se suele dar frecuentemente, asumiendo variadas formas. La más notoria y evidente es la del superior-formador que, efectivamente, “no está” porque se fue. Hemos vivido personalmente el desagradable caso de haber tratado de comunicarnos en tres oportunidades distintas con alguno de los formadores de un seminario ubicado en Plutón y encontrarnos con que no había ningún formador en el seminario… Los motivos eran de lo más diversos: que uno estaba momentáneamente en una ciudad muy antigua, que otro había ido a atender religiosas, que otro estaba afuera predicando ejercicios ignacianos… No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que ciertamente no hemos dado, de modo casual y fortuito, con las únicas tres veces, los únicos tres días, en que el seminario de Plutón estuvo sin los formadores.

        Ése es un caso extremo. Pero hay otras maneras. Está el “padre” que se ocupa de todo: del funcionamiento de la casa, de la economía, del trato con los superiores a él, de la corrección política, de la vigilancia, de la supervisación, de la predicación de ejercicios… se ocupa de todo menos de estar con los seminaristas o los súbditos. O también el “organizador”, que se maneja solamente con un grupejo de adláteres, pero que no tiene trato con la “plebe”, con el común de los seminaristas, creando, él mismo, un clima de división y de tensión, al promover él mismo las preferencias –a la vez que predica, cruel ironía de la vida, con particular énfasis sobre la necesidad de no tener amistades particulares–.

        Las excusas son siempre las mismas: todo lo hago por mis hijos. Exactamente las mismas excusas de los padres de familia absorbidos por el trabajo. Cuando el hijo le reclama afecto, el padre le compra un juguete. Después, cuando los hijos crecen, todo sale a la luz, los cuestionamientos se hacen más profundos, y la relación se rompe. Hay cosas que el tiempo no permite reparar: no se vive dos veces la infancia, menos aún la adolescencia, y no se vive dos veces el período de formación fundamental.

        Es que, así como muchas veces el trabajo se ofrece como un escape, una tronera perfecta, al padre de familia que, en el fondo es afectivamente torpe y débil y se siente incapacitado para cumplir bien con su rol, de manera semejante el hiperactivismo es una máscara de la incapacidad de ser buen formador. El activismo hiperkinético suele enmascarar el haber sucumbido a la pasión de la fuga, que surge ante un objeto que causa temor y al que no se quiere enfrentar.

  1. Padre “Gran Hermano”

        El padre “Gran Hermano” es aquél que se ocupa y preocupa por todos los detalles y no deja margen alguno que le escape. Su enfermedad es la curiosidad y la sospecha. Para él ser es ser-ojo.

        Su obsesión por el control indica que ve la comunidad como un gran “mecano”, para cuya construcción tiene que conocer a fondo cada pieza. No trata con personas, sino con elementos a integrar. Tiene una visión del bien común que es exactamente la del totalitarismo. En su modo de dirigir, no orienta un dinamismo hacia un fin, sino que procede mecánicamente, añadiendo cada parte y encadenándola para lograr un efecto. Por ello mismo es incapaz de delegar y, cuando delegue, en realidad las otras personas no serán sino simples ejecutoras pasivas de sus decisiones unilaterales. Como no sabe relacionarse con dinamismos sino con partes, no con cualidades sino con cantidad, necesariamente procede de manera cartesiana. Y en un sistema cartesiano no hay lugar para la vida.

        En su modo de corregir, el “Gran Hermano” verá como una falta o un verdadero atentado y siempre e invariablemente como un caso de mal espíritu y una amenaza a su autoridad obtenida por decreto, todo aquello que él pueda no haber visto o que no se haya hecho bajo su estricto conocimiento y vigilancia.

        De ahí que, en su modo de prever, no podrá sustraerse a su necesidad insaciable de establecer sistemas de control. Para él gobernar es controlar. Por eso pondrá filtros en las computadoras y revisará los mails de los súbditos. Por ejemplo, en un convento de Venus, la superiora leyó un mail en el que una súbdita hacía consultas a su director espiritual –esto es historia real–. El “Gran Hermano” considera que su paternidad le da el derecho a avasallar –¡feliz como nunca la etimología del término!– la subjetividad del súbdito. Nada puede resistirse a su presencia. Como le dijo una superiora a una súbdita: “Yo, para vos, soy Dios”. No suena al estilo de santa Teresa o de Madre Maravillas.

        El “Gran Hermano” se encuentra, en las apariencias, en el extremo opuesto al “padre ausente”. Sin embargo, por una cuestión de compensación psicológica, los dos formatos se pueden suceder recíprocamente: el que se ha sentido ausente y tiene sentimientos de culpa, trata después de reparar haciéndose omnipresente; cuando después ve las macanas que ha liado con su omnipresencia, hace la “gran Sobremonte” y desaparece.

  1. Padre invasivo

        Se asimila al “Gran Hermano”, pero añade un nuevo aspecto formal: la entrada en la conciencia (por eso también procura hacer circular la idea de que no conviene tanto hablar de “fuero interno – fuero externo”).

        El invasivo no escatimará medio alguno para poder entrar en la conciencia del súbdito. Usará las predicaciones para insistir permanentemente en la necesidad de que se le tenga confianza y para añadir el sofisma de que esta confianza se expresa en el hablar las cosas del alma. Desde este horizonte psicológico, llegará a decir en una predicación que el súbdito tiene  que decirle todo al superior, “hasta los pecados”: A-S-Í –sentido literal-histórico–. El sujeto que dijo semejante barbaridad desde la cátedra litúrgica, lamentablemente, sigue siendo formador.

        El superior-formador-invasivo buscará asumir de hecho el rol del director espiritual para poder formarse un juicio acerca del candidato o del súbdito desde el plano interno. En el caso de las mujeres, aunque también en el de los varones de mentalidad feminoide, esto se acompaña de los celos cuando se ve que el súbdito tiene más confianza en otra persona en el plano de las cosas de la conciencia y busca consejo en otra persona. Por consiguiente, quien gobierna marcado por este perfil procurará decididamente limitar y llegará hasta a cortar de raíz toda posibilidad de consultar otra persona u otras, salvo las personas por él mismo designadas. Esta monstruosidad, por supuesto, es contraria a la explícita regulación vigente en la Iglesia Católica que en el derecho canónico prohíbe a los superiores quoquo modo inducir a los súbditos a manifestarles la conciencia: “630 § 5. Sodales cum fiducia Superiores adeant, quibus animum suum libere ac sponte aperire possunt. Vetantur autem Superiores eos quoquo modo inducere ad conscientiae manifestationem sibi peragendam”. Nótese que el texto sugiere y hasta recomienda que los súbditos recurran a los superiores, y, se añade, al recurrir a ellos libre y espontáneamente podrán abrir su alma; pero, ciertamente, no manda recurrir a los superiores para abrirles el alma. Asimismo, la Iglesia ha expresado claramente que es deber del superior dejar amplio margen para que el súbdito vea las cosas de su alma con quien le plazca (cfr. CVII, PC 13; Subsidio de la congregación para el clero, 102 y 105), como así también el facilitar los medios para ello: exactamente al revés de lo que hace el invasivo.

  1. Padre legalista

        Pareciera que su dedicación principal es la de llenar de indicaciones y detalles al súbdito, miles de reglas, de normativas, de leyes, de reglamentación de las leyes, de horarios… ¡Ay de los súbditos cuando los legalistas se reúnen! Las conclusiones de las reuniones tienen un formato predefinido, funciona “por defecto”: 1) “Hay que vivir mejor la vida religiosa”, que quiere decir “hay que «ajustar las clavijas»”, que quiere decir “hay que insistir más en el cumplimiento de las normas”. 2) El añadido de alguna nueva reglamentación.

        El espíritu que anima al padre legalista es el del exasperador. La amonestación de san Pablo, “Padres, no exasperéis a vuestros hijos” (Col 3,21), ya no corre, o corre al revés. Hay padres que parecen haber hecho de esta proposición un propósito particular, quitándole el adverbio negativo y reforzando el imperativo. Exactamente opuestos a la enseñanza de santo Tomás, quien sostiene que el superior debe cuidarse mucho de multiplicar los preceptos para no volver imposible la obediencia, parece como si hicieran del importunar y exasperar al súbdito un cometido irrenunciable, como si se dedicaran a ello.

        No solo el afán de dominio y de manipulación engendran al legalista. Este formato de pseudoparternidad obedece también a la falta de experiencia. En efecto, cuando se designan personas muy jóvenes para cargos de formación –por ejemplo, sacerdotes recién ordenados como formadores de seminarios (¡cuando todavía no saben lo que es ser sacerdote!), o como maestros de novicios (¡cuando todavía no han hecho experiencia de vida religiosa con votos perpetuos, sino que han vivido solamente en el seminario!), o cuando se designan superioras jovencitas que todavía no tienen votos perpetuos…– la persona designada adolece de algo que es fundamental: la experiencia. Y no se puede ser prudente sin tener experiencia, porque la experiencia es una condición necesaria e insuprimible del habitus de la recta ratio agibilium. Por supuesto, puede haber casos excepcionales de un precoz despertar de una prudencia excepcional, por especiales uniones de la naturaleza y de la gracia, y la historia de la Iglesia lo confirma. Pero en la gran mayoría de los casos no es así.

        Ahora bien, en la muy amplia mayoría de los casos, a este notable límite se suma otro, tan notable como el primero: cierta cortedad intelectual. La consecuencia inmediata e inevitable de este “cocktail” es que el superior se limita a repetir los principios y a aferrarse ciegamente a las normas, sin capacidad alguna de mediación: no tiene experiencia, no ha acumulado “particulares” y no sabe ejercer la mediación prudencial en la aplicación de los principios a las situaciones. El resultado efectivo es la asfixia del súbdito. El legalista lo único que ve es la ley, no la persona; no ve las circunstancias ni las situaciones, tan solo ve y repite mecánicamente los principios. Todo lo que “suene” a “persona” es para él una concesión al sentimentalismo pastelero. El legalista se maneja por la razón, se ufana de ello e invoca principios ignacianos y frases de los santos para sentirse y hacerse fuerte en ese principio; paradójicamente, obrando así, se priva del único medio posible del que un ser humano puede disponer para conocer la realidad: en efecto, el conocimiento empieza por los sentidos, y la sabiduría, por la experiencia. ¡Extraña paradoja de la vida, justo entre aquellos que se consideran fidelísimos discípulos de santo Tomás y consideran que son ellos la salvación del Tomismo! Borran con el codo lo que escriben con la mano y desmienten con los hechos lo que profesan con la boca, acusando los síntomas inequívocos de una profunda esquizofrenia institucional.

        Pero por si esto fuera poco, otro elemento más viene a incorporarse para atizar el legalismo: el joven tiene cierta sospecha, en lo profundo, de que ocupa un lugar que no debe ocupar, de que ejerce una autoridad amparada por un decreto oficial pero que en realidad no le pertenece. De ahí que le surja la imperiosa necesidad de percibir que está mandando, de sentir que está ejerciendo la autoridad. Y el único modo que tiene para lograrlo es multiplicar las normas o acentuar las que hay –de donde el procurar oír con frecuencia que le piden “permiso”, y requerir explícitamente también con frecuencia que se lo pidan (damos fe)–. De ahí también la tendencia a las bravuconadas y a mandonear: es la figura del chiquilín caprichoso que patalea, trasladada a otro plano.

        Una de las formas que asume el exasperador es la del afán por crear en el súbdito la conciencia de que debe tener un “horario personal”, para pasar enseguida al afán por lograr que ese horario se establezca en un diálogo con el superior y para terminar por el afán de llevar un minucioso control acerca del cumplimiento de ese horario. Como en el caso del liberalismo o del absolutismo verticalista, se suprime prácticamente lo común y queda solamente el individuo ante el Estado o el poder: lo que era el reglamento común resulta, de hecho y en la práctica, suprimido y superado por el reglamento personal. Así, hay tantas reglas como súbditos y todos dependen directamente del arbitrio del superior –el cual siempre, por supuesto, es muy medido, muy discreto y muy prudente, puesto que siempre sabe individuar, más que cualquier súbdito, cuál es el beneplácito de Dios. Amén–.

Fray Mamberto Buonapace

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3 pensamientos en “De diez desviaciones psicológicas de formadores y de superiores (1-2)

  1. Reblogueó esto en Chat de Caféy comentado:
    Excelente Post Sin Doblez sobre “desviaciones psicológicas de formadores y de superiores” desde el punto de vista de la ‘paternidad’ lo que hace que tenga también aplicaciones en otras areas o esferas.

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