Taller de androides

El olor acre del tanstenio inundaba la habitación. No había modo de limpiar adecuadamente los derrames de líquido vital de androide.  Una vez vertido penetraba todo aquello que tocaba como una especie de aceite rancio, pero hediendo a una mezcla asquerosa de sulfuro y frutillas. Facundo intentó limpiarlo y restregarlo por enésima vez y el olor flotaba intacto, victorioso y burlón taladrando el lóbulo frontal. Estaba absorto en eso cuando llegó el transporte con los androides para reparar.

i-robotDescargaron el lote de androides que simplemente no funcionaba, con sus miradas vidriosas perdidas en el infinito, y al final del conteiner había uno sentado con la cabeza entre las piernas y los brazos rodeando las piernas por debajo de las rodillas. Cuando lo agarró del brazo para arrastrarlo se incorporó de repente, dándole a Facundo un susto de muerte.

Una vez de pie le hizo seña que se bajara del conteiner y que ingresara en el taller. El androide obedeció dócilmente y se sentó de nuevo en el rincón más oscuro con la cabeza entre las piernas y rodeando las rodillas con los brazos.

La curiosidad le picó a Facundo, ¿qué se le habría descompuesto al androide? Lo tomó del brazo de nuevo y lo puso en el escáner gentilmente, en algún nivel un no se qué de empatía, debe haber sido esa posición tan humana en el suelo, le había movido alguna fibra íntima.

El escáner no tardó en dar resultados, tenía quemados todos los nanochips de “La elección ajena”.

Facundo había reparado ya más de 5000 androides, pero jamás había tenido adelante uno en perfecto funcionamiento que se le hubieran quemado solamente los nanochips de “La elección ajena”.

Repararlo era simple, tomó una jeringa de tanstenio y la cargó, después de buscar más de 20 minutos los nanochips de “La elección ajena”, porque en realidad no se rompían nunca, al menos no se rompían nunca solo esos nanochips, se rompían como producto de una falla masiva que dejaba al androide de ojos vidriosos y totalmente disfuncional, y se dispuso a inyectarle el tanstenio enriquecido con esos nanochips que eran un polvito violeta.

En el último segundo le picó la curiosidad, y se preguntó ¿cómo funciona un androide con los chips de “La elección ajena” quemados? No tenía modo de saberlo. Interactuar con él no serviría de nada, el androide sabía que estaba en un taller para ser reparado por mal funcionamiento por lo cual toda espontaneidad quedaría anulada. Además el androide se sabía roto por lo cual se autoreprimía de cualquier interactuación respetando la primera ley fundamental de la robótica: – No dañar al hombre.

¿Cómo hacer?

Trató de rastrear la historia del androide a través de los reportes. Pertenecía a una mega corporación de servicios sociales y, sorprendentemente, interactuaba todo el tiempo con personas. “Encargado de Personal”, decía el reporte. En aquella época no era raro que un androide fuese encargado de personal. La programación de inteligencia emocional los hacía increíblemente aptos para lidiar con la gente. No se ofendían jamás, no había ego que defender. Eran excelentes “orejas”, pero no una oreja inerte, sino una oreja activa, capaces de responder hasta los más sutiles matices de la emocionalidad humana y sus necesidades. No tenían nada para contar, por lo que al menos en el intercambio inmediato no había ningún riesgo de que una necesidad de también contar lo propio interrumpiera al otro en eso de ser escuchado. El equilibrio de una infinita racionalidad terminaba siempre por hacer entender al interlocutor el problema objetivo sacándolo de los intrincados vericuetos de la subjetividad humana y de sus espejos egoicos, con una delicadeza, precisión y timing que ningún humano podía imaginar siquiera de alcanzar. La frase marketinera de venta era “Es mejor que el calmazepam”. Y era cierto, al menos en lo inmediato, eso de ser perfectamente escuchado disminuía un 96,35 % el monto total de las ansiedades del empleado que necesitaba ser escuchado. Y no simplemente por una modificación química de sus neurotransmisores, como lo hace el calmazepam, sino por una interactuación humánica (pseudohumana) que terminaba colmando el conjunto de sus necesidades de escucha en orden a resolver el estresor que lo aquejaba. Por lo que el efecto dejaba en el empleado una huella permanente, lo que el calmazepam no lograba hacer, eso que los animales racionales llaman “aprendizaje”. Por otro lado ya había sido descartado hace tiempo el durazepam, después de incendiarios debates públicos, por tener efectos permanentes, la ansiedad controlada de un modo rígido por interactuación química hacía de los hombres androides. La facción política estuvo casi unánimemente de acuerdo en aprobarlo como una droga lícita, pero el imposible de un cacerolazo de poetas, literatos y artistas conmovió a tal punto al individuo común sobre los riesgos de convertirse en un androide que inexplicablemente miles de millones invadieron las calles al grito de “Soy hombre, solo lo inhumano me será ajeno”, o aquello otro de “El dolor me hace humano”.

Con todo la curiosidad de Facundo se volvió sobre el androide roto. Estaba roto, pero se había roto de un modo nanométricamente específico. Entre los 300.000 billones de nanochips que componen un androide apenas un par de miles que hacen a los comportamientos en relación a la conducta ajena y sus elecciones se habían roto. ¿Qué posibilidades hay de que eso sucediese?, serían tantos los ceros después de la coma, para expresarlo en términos de porcentaje, que llenaría tres o cuatro páginas A4 usando arial 12. Inimaginable. Cero posibilidad en términos humanos. Y lo más curioso que esta rotura hiperespecífica se parecía a un aprendizaje, más que a un aprendizaje, a un modo permanente de respuesta condicionada, un hábito. ¿Era eso posible en un androide? Toda su vida había estudiado robótica y creía en el más absoluto causalismo. Sí, es cierto, cuando las variables se multiplican por millones, la imposibilidad de determinación del resultado puede “parecer espontánea”, pero no lo es. Puede parecer tan espontánea la respuesta que se convierte hasta indiscernible en relación de la verdadera espontaneidad humana, pero sigue siendo un androide, le decía la influencia mágica que ejercía sobre él la lectura de unos ¡libros de papel!  que había empezado a hojear diez años atrás en el museo de cosas raras. Esos libros llevaban en el lomo una etiqueta índice holográfica que rezaba “METAFÍSICA”.

No, era imposible una rotura hiperespecífica de esa naturaleza. No se podía explicar. Pero no eran las explicaciones de esa rotura las que le quitaban el sueño, su curiosidad estaba drogada por saber cómo se comportaba un androide con esa rotura específica.

Finalmente tuvo su eureka y se le hizo la luz. Lo conectó al proyector holográfico para reproducir situaciones pasadas y ver cómo en concreto funcionaba este androide a esa rotura específica. Este proyector permitía que el androide interactuara con los hologramas sacados de su memoria o podías simplemente hacer que todos los actores fueran holográficos, sin necesidad de meter al androide físico en la escena. Facundo prefirió la primera opción, no sé si era osadía o morbo, qué se yo, pero puso al androide en el plató. Con un gesto le dio play al proyector y comenzó el show.

Se lo veía al androide sentado en unos cómodos sillones recibiendo uno a uno el personal de la empresa. El androide tenía la obligación de comunicarle las opciones de trabajo dentro de la empresa o de presentarle miles de pequeñas opciones que eran facultad de los trabajadores, no del androide. Hasta allí todo bien pero grotescamente podríamos resumir los cientos de entrevistas en el siguiente diálogo.

Androide: Hola, buen día, ¿cómo está?

Empleado: Bien, todo bien.

Androide: Como usted sabe tiene posibilidad de elegir entre A y B.

Empleado: ¡Ah qué bien!¡Qué interesante!

Androide: Pero como usted es tan buen empleado, tan considerado, tan fiel al espíritu de la empresa, usted es de los que “andan bien”, pone tan buen espíritu, yo pongo a disposición de usted mi discernimiento infinitesimal, el cual es millones de años luz muy superior al suyo, y dado que yo puedo deducir para usted lo que es bueno mucho mejor que usted mismo, he elegido B para usted.

Esto es un resumen grotesco la escena duraba mucho y con miles de sutilezas y variantes.

Un tsunami depresivo invadió el alma de Facundo al ver estas escenas, sobre todo porque la gran mayoría se levantaba del sillón feliz de la vida. Se le congeló el alma al recordar una de las frases que había leído en el libro de papel de un tal Tomás originario del sur de Italia, Aquino:

“Únicamente debe elegirse el atajo cuando estamos seguros de alcanzar íntegramente la meta que buscamos en ese atajo. Y esta meta no se podría alcanzar si al hombre no se le permitiese pecar”.

La frase estaba en una lengua muerta, latín le decía la pantalla de los anteojos al lado del traductor automático, lo que él podía leer era apenas la versión de una máquina, tal vez sería por eso que no le quedaba claro el término “pecar”, la fonética era apenas desagradable, pero no más. Eso de pecar debía ser muy serio porque era algo que necesariamente había que permitirle al hombre, para que el hombre fuese hombre, para que no se cayese de su humanidad, para que pudiese alcanzar la meta. ¿Por qué el androide elegía el atajo, aun a costo de eso de “pecar”? Era serio, muy serio el problema, maldita semántica moderna, ¡¿qué será eso de pecar?!

Una convicción le brotó como un rinoceronte enfurecido corriendo fuera de sí hacia su objetivo en la sabana africana. Ya no pudo pensar más, no pudo esperar a saber qué era pecar, sentía que los músculos tensos se iban a convertir en piedra a causa de la adrenalina, una especie de calambre voluntario, la contracción absoluta de todo su ser con un solo objetivo. Tomó otra jeringa, atravesó el plató como una tromba, e inyectó 20 cm cúbicos de ácido molecular en la cabeza del androide. Todas las facciones del androide se derritieron grotescamente, la nariz se le escurría por la cara como lo hace una gota de lluvia en un vidrio, las orejas le colgaban de la garganta en apenas 10 segundos, y en dos minutos el androide todo no era más que un borbotón de substancias.

Lo inhumano me será ajeno, lo inhumano me será ajeno, lo inhumano me será ajeno, rezaba Facundo al modo de letanía postrado en un rincón y sin saber todavía muy bien lo que le había pasado. Pero de algo estaba seguro ese androide no sabía lo que era pecar tampoco, y si bien la palabra le provocaba una ambivalencia de repulsión y necesidad conceptual o sistémica, el androide había ido mucho más allá, había anulado toda posibilidad, había tomado el infernal atajo, había creado un mecanismo donde la decisión de los otros, en realidad, era SU decisión.

El Escéptico

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Un pensamiento en “Taller de androides

  1. “bien, todo bien”!! jaja!! si habré escuchado esa frase… es todo un desafío ser libre; y un riesgo el respetar la libertad del otro… pero humano o androide!!

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