Test de Turing

eset-androideYa lo había intentado todo con ¿“eso” o “él”? Ya había pasado la etapa de frustración, e inclusive la etapa de sentir que algo amenazaba gravemente su prestigio profesional. No, por el contrario, emocionalmente estaba en otra galaxia, más bien en otro paradigma. Era presa de algo cien veces más violento que el miedo, había sido deglutido por la curiosidad. Ya ni pensaba, ya no comía, no se afeitaba ni se aseaba, se había convertido en una mera pasión ciega: descubrir si ese rubito que tenía sentado adelante era un “algo” o un “alguien”.

Esa era su tarea desenmascarar cualquier A.I. (inteligencia artifical) que osara imitar la intrincada urdimbre de la emocionalidad y de la psicología humana. Nunca había fallado. Era el mejor y con todo mérito era millonario. En el 2160 cotizaba enormemente la tarea de desarrollar un androide perfecto, y, por ende, cotizaba mucho también la tarea del cazador de androides. Juan Manuel en esto era simplemente el mejor, una rara mezcla de inteligencia intuitiva y sensibilidad exquisita, de la cual no tenía mérito alguno, puro don de fábrica, lo había puesto en el lugar exacto, en el tiempo exacto y en el trabajo exacto.

Tan bueno era en esto que el segundo mejor cazador de androides, John ni siquiera envidia le tenía, simplemente Juan Manuel jugaba en otra liga. Tal vez por eso eran muy buenos amigos.

Pero este último engendro de la corporación Inc. Chip lo tenía a maltraer. No podía decidirse si era persona o máquina.

Ya había intentado todos los trucos que conocía. Desde la emoción lo había provocado y el rubito (¿androide o persona?) había respondido, se había enojado, parecía persona.

Le había puesto los mejores test lógicos de salto de paradigma, el terror de los androides, y con una creatividad verdaderamente humana los había resuelto. Pudo crear un marco de comprensión del problema más amplio que la formulación propuesta y lo que sugerían los datos. Increíblemente notable.

Lo mismo dígase de los intentos de descubrirlo a través de la fijeza funcional. Se mostró el más plástico de los seres en todas las situaciones propuestas.

Nunca había llegado tan lejos con un ¿eso o él? De vez en cuando le mandaban una persona en vez de un androide, pero era tan fácil, era el don de Juan Manuel, casi no tenía trabajo en eso de descubrir una persona. Lo hacían para que no se confiase de que siempre eran androides los que tenía enfrente. Pero a él con las personas les sobraban un par de minutos. No podía poner en palabras por qué, tampoco le interesaba crear una ciencia al respecto, pero con toda certeza sabía que era una persona. Que se yo, sería el tono de la voz, sería el brillo de los ojos o una sintaxis imperfecta, no le importaba SABÍA que era una persona y eso lo hacía feliz. Como lo hacía feliz para qué arruinarlo revolviendo el lodo asentado de la charca convirtiéndolo en un contenido intelectual. No, no hacía falta, simplemente cuando se encontraba a otra persona a los pocos minutos daba por finalizado el test, sacaba el mate, y el resto del tiempo que tenía asignado para el test lo aprovechaba apaciblemente en una cálida conversación humana, sea quien fuere el que estaba adelante, podía ser mecánico, podía ser ingeniero o barrendero, y de vez en cuando tenía la gloria de toparse con un filósofo, antropólogo, sociólogo, etc. Sin embargo, todos lo hacían profundamente feliz. Todos llenaban su vaso. Lo importante era conectar con ese otro que en su infinita riqueza se lo brindaba la providencia en ese espacio de tiempo.

Sin embargo la curiosidad había marchitado su felicidad. Se sentía seco, estar frente a ¿eso o él? lo hacía retorcerse de curiosidad, estrujar su cerebro intentando descubrir el secreto hasta quedarse sin una brisa de ánimo vital. Era lo mismo que caminar sin agua 40 días por el Sahara.

Sin embargo, al fin respiró con alivio, volvió por unos minutos a ser el mismo ser feliz que había sido siempre, solo esperaba no fuese un espejismo, pero creía haber resuelto el problema.

Detectó la falla. Después de semanas de testear al rubito pudo darse cuenta del error de programación que tenía el maldito androide que tanto lo había hecho sufrir.

El problema es que en AI de androides los errores no son un error. Los errores nos hacen profundamente humanos. Todo androide que se precie de tal tiene que saber cometer errores. Y este los cometía como alguien perfectamente humano. ¿Entonces?¿Donde está el error?

Ahí maldita sea, no en el hecho de que no cometiera errores, sino en la incapacidad de asumirlos como propios y con todas sus consecuencias frente a los demás. En la incapacidad de mostrarse humano y falible, de hacerle sentir al otro que somos dos en esta noche oscura en la cual todos nos podemos equivocar, pero que si ambos nos admitimos tal cual somos, desnudos, a calzón quitado delante del otro, nos podemos hacer bien, es más, es el único modo de hacernos bien. Todo lo otro es gélida hipocresía.

Ahí estaba el maldito error de programación habían hecho del rubito androide un gélido hipócrita incapaz de hacerse cargo de su parte en el problema. En esto era delicioso, le marcaba Juan Manuel un error y la máquina le devolvía toda una lectura y un relato de lo que Juan Manuel debería haber hecho aún en el caso de que la ignominiosa máquina rubita estuviese equivocada.

Ya está, ya lo había resuelto, no había dudas era un androide.

Pestañó los ojos y encendió su computadora holográfica y con un gesto dio lo que hoy llamaríamos un click en el casillero ANDROIDE.

Bastó que hiciera eso para sentir del otro lado de la comunicación holográfica la carcajada burlona y aliviada de su contraparte en Inc. Chip, Carlos un desagradable y mediocre que podía disfrutar sinceramente con el error ajeno.

Carlos – ¡Te agarramos!¡No sos tan perfecto e infalible como creías!¡Me parecía imposible que este día llegara, el primer error en veinte años!

Juan Manuel sin escuchar ni entender las palabras de Carlos, una vez más, desintegrado de curiosidad le preguntó desencajado:

Juan Manuel – Pero ¿qué es entonces?

Carlos – El último espécimen que encontramos en estas épocas de Superior Religioso de una extraña congregación. Tuvimos que pagarle más que a vos para que se dignara ponerte a prueba. Pero bue…. por la plata baila el mono.

El Escéptico

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6 pensamientos en “Test de Turing

  1. una de las peores muecas de la “caridad exiquisita” es el usar las personas para “bien personal” (quien pueda entender entienda) o para bien de “la estructura”…un’altra volta…quien pueda entender entienda,
    …y si puede proceda….

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