El barco sin rumbo

barco

Cuenta la leyenda que existió una vez un gran barco que surcaba los océanos del mundo desde tiempo inmemorial. Del amanecer hasta el ocaso, una enorme muchedumbre de marineros de ambos sexos se dedicaba con ahínco a las múltiples tareas exigidas por la navegación. Con el paso de las generaciones, se había llegado a una especialización extrema, en aras de una más eficiente racionalidad. Y, según explicaban con orgullo los cronistas del buque, las reformas técnicas y organizativas introducidas por los sucesivos equipos de capitanes durante los últimos siglos habían hecho posible que la navegación fuera cada vez más rápida, más cómoda, más precisa, más segura.

Existían, pues, al parecer, fundados motivos para la satisfacción. Y, sin embargo… Sin embargo, desde hacía cierto tiempo, la élite directiva del barco –un selecto consejo compuesto por los capitanes de mayor experiencia– se había visto obligada a desmentir unos insidiosos rumores extendidos cada vez con más fuerza entre algunos miembros de la marinería. Se rumoreaba, en efecto, que, pese a las apariencias trabajosamente fingidas por la oficialidad, hacía años que el barco navegaba sin ningún rumbo determinado. Y nunca antes había sido así:

según una tradición transmitida de padres a hijos durante siglos, los marineros siempre habían confiado en la existencia de ese rumbo, de ese sentido del viaje. Como decimos, los capitanes negaban la

acusación: ¿acaso no veían todos cómo los oficiales iban continuamente de un lado a otro portando mapas marinos y complejos instrumentos de navegación? ¿Acaso no demostraba ello la más que evidente existencia de un rumbo, de un destino, de una finalidad?

Tales –y otros por el estilo– eran los argumentos que se repetían, con indignación y vehemencia, en las gacetas y boletines del barco. ¡Claro que había un rumbo! Pero, por desgracia, el malestar seguía cundiendo entre los marineros. Muchos preferían no pensar demasiado en el tema, o no pensar en absoluto. Pero la minoría disidente era cada vez más difícil de acallar. Y lo habría sido mucho más si hubiera conocido el documento secreto en el que trabajaba desde hacía años la casta de los capitanes. Un documento donde se venía a decir que todo eso del rumbo no era más que un mito innecesario. Una exigencia problemática, superflua y anacrónica. El barco podía navegar perfectamente sin rumbo alguno. Como un vagabundo de los mares que ha conquistado al fin la perfecta libertad. En cuanto a los marineros, había que acostumbrarlos a lo que el documento denominaba “triple condicionamiento”: trabajar, consumir, distraerse. De modo que, al final, perdieran la capacidad misma de plantear preguntas en torno al rumbo. Al fin y al cabo, era lo que más convenía para su felicidad.

La frecuencia de los signos de disidencia terminó por generar una verdadera paranoia en la élite directiva, que lanzó una decidida caza de brujas. Tomaban aquí y allá a cualquier marinero sospechoso y lo sometían a un duro interrogatorio, labrando actas y haciendo toda una pantomima acerca de la importancia de confiar en la élite directiva, de confiar ciegamente, de no razonar y obedecer. Ellos sabían. Y no tenían porqué dar explicaciones. Los marineros tenían que limitarse a ejecutar.

La revuelta estalló de improviso y con enorme furia, durante una noche oscura de viento y tormenta. Fue una batalla sangrienta y lamentable.

Muchos abandonaron el barco, entendiendo claramente que la élite directiva estaba por completo afuera de la realidad, encerrada desde hacía años en su castillo de cristal. Pero no todos. Unos pocos, tropezando entre los despojos de lo que otrora fuera un barco glorioso, subieron a cubierta, a lo que quedaba de ella, y cayeron de rodillas bajo el cielo relampagueante. Así pasaron toda la noche en oración y sacrificio. Hablaron con franqueza. Procuraron, como pudieron y con lo que quedaba, reconstruir el barco y orientarlo a Oriente. Y el barco, reconstruido él y recuperado el rumbo, retomó  su antigua y olvidada marcha gloriosa.

Texto de Antonio Martínez, 27 de noviembre de 2007 (con agregados y modificaciones de Bartolomé Paz)

Fuente: http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=1167

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3 pensamientos en “El barco sin rumbo

  1. ¡Qué miedo me dan las refundaciones del mundo!¡Que miedo me da el girocopernicanismo! Me hubiera gustado que simplemente terminase en que hicieron lo mejor que pudieron con un barco que estaba viciado in radice, juntaron los depojos y como pudieron, a fuerza de oración y sacrificio pusieron proa a oriente…..

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  2. Escéptico: era exactamente nuestra opinión; no se nos había ocurrido lo que plantea. Hemos modificado levemente la parábola, cuyo desenlace, en la forma original, no compartíamos. Sindoblez

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  3. O que pusieran proa a Puerto. Vaya Usté a saber dónde queda Oriente; es muy romántico pero con un barco hecho pedazos es pretensión exagerada.
    En trance de muerte el anciano Almirante Brown, llegó el padre Fahy y le encareció la necesidad de recibir los Sacramentos. Como había comulgado un rato antes de la llegada del celoso cura, el almirante le respondió:
    —”No tenga miedo, mi padre, ¡el práctico ya está a bordo…!”
    Con el práctico a bordo, se puede llegar a donde se deba y pueda.
    Si no, al fondo del mar. O “de la mar”, para ser más poético.

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