Sobre viejos verdes y defensores inicuos

susana

Sobre viejos verdes y defensores inicuos

 «Perdieron la cabeza

dejando de mirar hacia el cielo y

olvidando sus justos juicios»

(Dan 13,9)

        –«Pero qué se cree, che… ¡Una mocosa de porquería! Mirá vos, por un capricho, el lío que arma».

   En el Consejo de Antiguos sonaban estridentes los signos de aprobación. La voz de Rasputín, uno de los más influyentes y que participaba desde hacía años, volvió a sonar con vehemencia: –«No se puede permitir… ¡Qué va a decir la gente!».

        –«Por supuesto –agregó uno de los incondicionales– ¡es un escándalo! ¡Van a perder la seguridad y la confianza! ¿Qué van a pensar de las sentencias que dimos antes? ¿Qué van a pensar de los demás ancianos y de los Antiguos? Además, después de todo el bien que le hizo Automagnus a la gente, ¿cómo se atreve esta mocosa a lanzar una acusación así!».

        –«Sí… –añadió otro incondicional–. Es una mujerzuela. La conozco. Siempre haciéndose la linda y buscando fama. No mide las consecuencias».

         Fue en ese momento cuando uno de los ancianos, el más joven, empezó a hablar, con voz pausada pero firme a la vez: –«Miren, no es la primera acusación. A mí ya me habían llegado otros casos… de los cuales yo no puedo dudar». Lo cortaron enseguida: –«¡Pero Automagnus pidió pruebas, y no había prueba alguna!». Era verdad: solamente palabra contra palabra. Eso no cancelaba la realidad de los hechos, pero sí garantizaba la seguridad jurídica. Era lo único que a ellos les interesaba.

Al advertir que, de ese modo, iban a seguir promoviendo una falsa imagen de santidad, Daniel, que era un varón sin doblez, no pudo evitar un profundo movimiento de indignación. «Y sin embargo, vos sabés bien que hubo otros casos»– le espetó al Magistrado Supremo. Se hizo un silencio tétrico. Nadie sabía qué decir y quedaron a la espera de que el Supremo dijese algo. Uno de sus adláteres, joven e inexperto, deseoso de congraciarse con los Antiguos y disminuyendo los hechos a la vez que reconociéndolos, volvió sobre lo de Susana: –«Pero igual, no fue para tanto… Un beso en el brazo, nada más, ¡qué tanto lío!».

         Sí. La decisión estaba tomada. Si hubo otros casos… mmm… «no se sabía»; pero éste, en lo que tuviera de verdadero… había que hacerlo pasar como insignificante. Redactar el mensaje para la gente fue cuestión de minutos, era un formato standard: «El venerable Automagnus es nuevamente víctima de persecuciones injustas que procuran en el fondo hacerle daño al pueblo y desprestigiar a quienes desde hace tantos años tan impolutamente lo conducen. No temáis: estamos mejor que nunca». Además, llamaron a Neuronius, el generador oficial de argumentos en defensa de lo que sea, un intelectual orgánico nato, pidiéndole que redactase algo… lo que fuere, para que su escrito fuese divulgado entre la gente. Al mismo tiempo, encargaron a uno de los predicadores oficiales del reino una serie de reflexiones acerca de la importancia de no razonar, para no equivocarse.

        Y es que entre que Susana perdiera su fama –que tampoco es que tenía tanta buena fama– y que la perdiera Automagnus, la decisión era clara. Era mejor que Susana pagase el precio de su imprudencia, y que la gente siguiera confiando en los jueces de siempre, siempre tan justos, tan misericordiosos, tan prudentes, tan medidos, tan transparentes, tan confiables y tan celestiales en sus decisiones.

         Así fue que «… la asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la condenaron a muerte» (Dan 13,41).

Juan von Hildebrand

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