La “Hermandad”

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La “Hermandad”

I

        «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

        El empleado, un muchacho de pocos años en la Hermandad, atravesó el corredor y salió caminando pensativo. Su diálogo con el Supremo había sido, aparentemente, franco. Pero cuando, al cerrar la puerta, escuchó el «¡clink!», lo asaltó la idea de que había algo raro. Él sabía muy bien que uno de los principios fundamentales de la Hermandad era alejar esas ideas, sobre todo cuando se referían a los del Directorio y, más particularmente aun, al Supremo.

        «¿Habré sido ingenuo –se preguntaba– al haberle dicho al Supremo que el Fundador de la Hermandad tuvo un comportamiento inapropiado con mi esposa?».

        La confianza era uno de los baluartes de la Hermandad, sobre todo la confianza en el Directorio, en el Supremo y en el Fundador. Sin embargo, las ideas que apuntaban a minar la confianza se le acumulaban casi naturalmente, sin él quererlo ni prácticamente poder evitarlo. Ya habían surgido cuando en la última elección de Directorio, pasando por encima de todas las propuestas de los electores, el Supremo, recién reelecto, en su primer acto de gobierno designó a dedo a Aldopetti como miembro del Directorio, si bien en la elección no había obtenido siquiera un solo voto. Pero Aldopetti había sido su secretario personal, y el Supremo necesitaba en el Directorio a alguien que a todo dijera que sí. No se equivocó. En efecto, la respuesta inmediata cuando llamó a Aldopetti para comunicarle su propuesta fue: «Sí». Aldopetti ni siquiera se tomó los ocho días que en el reglamento estaban previstos para madurar la decisión de asumir un cargo de tamaña responsabilidad.

        Él lo conocía a Aldopetti… Cierto, «por ahí estoy hilando demasiado fino» –se decía–, no quería exagerar, y alejaba esos pensamientos… Pero, fuera lo que fuera de Aldopetti, de su esposa no podía dudar. Era como si las cosas le hubieran pasado a él.

        El Supremo lo había recibido con la acostumbrada compostura. Hacía exclamaciones que podrían parecer estudiadas, acompañadas con frecuentes «ok, ok» de marcado acento norteamericano. Al final le dijo que no se preocupase, que se trataba de un caso aislado y, ciertamente, de algo deplorable, pero que él mismo se encargaría de que no sucediese más; que tomaba nota de lo que le confiaba pero que entiendese que, en el fondo, era palabra contra palabra y hubiera sido importante presentar pruebas; que fuese muy cuidadoso en conservar todo esto entre ellos dos, que él tomaría los recaudos, pero que la cosa no saliera de esta reserva, para evitar el escándalo y posible desánimo en los miembros de la Hermandad.

        El empleado Leclair hizo un ulterior acto de confianza y, con mucha firmeza, alejó decididamente los pensamientos sobre Aldopetti y procuró no pensar más, sin afirmar ni negar, en lo que le había confiado su esposa.

II

         «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

        El empleado, un muchacho de varios años en la Hermandad, atravesó el corredor y salió caminando pensativo. Su diálogo con el Supremo había sido, aparentemente, franco. Pero cuando, al cerrar la puerta, escuchó el «¡clink!», lo asaltó la idea de que había algo raro. Él sabía muy bien que uno de los principios fundamentales de la Hermandad era alejar esas ideas, sobre todo cuando se referían a los del Directorio y, más particularmente aun, al Supremo.

        «¿Habré sido ingenuo –se preguntaba– al haberle dicho al Supremo que el Fundador de la Hermandad tuvo un comportamiento inapropiado con mi esposa?».

         La confianza era uno de los baluartes de la Hermandad, sobre todo la confianza en el Directorio, en el Supremo y en el Fundador. Sin embargo, las ideas que apuntaban a minar la confianza se le acumulaban casi naturalmente, sin él quererlo ni prácticamente poder evitarlo. Ya habían surgido cuando en la última elección de Directorio, pasando por encima de todas las propuestas de los electores, el Supremo, recién reelecto, en su primer acto de gobierno designó a dedo a Aldopetti como miembro del Directorio, si bien en la elección no había obtenido siquiera un solo voto. Pero Aldopetti había sido su secretario personal, y el Supremo necesitaba en el Directorio a alguien que a todo dijera que sí. No se equivocó. En efecto, la respuesta inmediata cuando llamó a Aldopetti para comunicarle su propuesta fue: «Sí». Aldopetti ni siquiera se tomó los ocho días que en el reglamento estaban previstos para madurar la decisión de asumir un cargo de tamaña responsabilidad.

        Él lo conocía a Aldopetti… Cierto, «por ahí estoy hilando demasiado fino» –se decía–, no quería exagerar, y alejaba esos pensamientos… Pero, fuera lo que fuera de Aldopetti, de su esposa no podía dudar. Era como si las cosas le hubieran pasado a él.

        El Supremo lo había recibido con la acostumbrada compostura. Hacía exclamaciones que podrían parecer estudiadas, acompañadas con frecuentes «ok, ok» de marcado acento norteamericano. Al final le dijo que no se preocupase, que se trataba de un caso aislado y, ciertamente, de algo deplorable, pero que él mismo se encargaría de que no sucediese más; que tomaba nota de lo que le confiaba pero que entiendese que, en el fondo, era palabra contra palabra y hubiera sido importante presentar pruebas; que fuese muy cuidadoso en conservar todo esto entre ellos dos, que él tomaría los recaudos, pero que la cosa no saliera de esta reserva, para evitar el escándalo y posible desánimo en los miembros de la Hermandad.

        El empleado Batista hizo un ulterior acto de confianza y, con mucha firmeza, alejó decididamente los pensamientos sobre Aldopetti y procuró no pensar más, sin afirmar ni negar, en lo que le había confiado su esposa.

 III

         «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

        El empleado, un muchacho de pocos años en la Hermandad, atravesó el corredor y salió caminando pensativo. Su diálogo con el Supremo había sido, aparentemente, franco. Pero cuando, al cerrar la puerta, escuchó el «¡clink!», lo asaltó la idea de que había algo raro. Él sabía muy bien que uno de los principios fundamentales de la Hermandad era alejar esas ideas, sobre todo cuando se referían a los del Directorio y, más particularmente aun, al Supremo.

        «¿Habré sido ingenuo –se preguntaba– al haberle dicho al Supremo que el Fundador de la Hermandad tuvo un comportamiento inapropiado con mi esposa?».

        La confianza era uno de los baluartes de la Hermandad, sobre todo la confianza en el Directorio, en el Supremo y en el Fundador. Sin embargo, las ideas que apuntaban a minar la confianza se le acumulaban casi naturalmente, sin él quererlo ni prácticamente poder evitarlo. Ya habían surgido cuando en la última elección de Directorio, pasando por encima de todas las propuestas de los electores, el Supremo, recién reelecto, en su primer acto de gobierno designó a dedo a Aldopetti como miembro del Directorio, si bien en la elección no había obtenido siquiera un solo voto. Pero Aldopetti había sido su secretario personal, y el Supremo necesitaba en el Directorio a alguien que a todo dijera que sí. No se equivocó. En efecto, la respuesta inmediata cuando llamó a Aldopetti para comunicarle su propuesta fue: «Sí». Aldopetti ni siquiera se tomó los ocho días que en el reglamento estaban previstos para madurar la decisión de asumir un cargo de tamaña responsabilidad.

        Él lo conocía a Aldopetti… Cierto, «por ahí estoy hilando demasiado fino» –se decía–, no quería exagerar, y alejaba esos pensamientos… Pero, fuera lo que fuera de Aldopetti, de su esposa no podía dudar. Era como si las cosas le hubieran pasado a él.

        El Supremo lo había recibido con la acostumbrada compostura. Hacía exclamaciones que podrían parecer estudiadas, acompañadas con frecuentes «ok, ok» de marcado acento norteamericano. Al final le dijo que no se preocupase, que se trataba de un caso aislado y, ciertamente, de algo deplorable, pero que él mismo se encargaría de que no sucediese más; que tomaba nota de lo que le confiaba pero que entiendese que, en el fondo, era palabra contra palabra y hubiera sido importante presentar pruebas; que fuese muy cuidadoso en conservar todo esto entre ellos dos, que él tomaría los recaudos, pero que la cosa no saliera de esta reserva, para evitar el escándalo y posible desánimo en los miembros de la Hermandad.

        El empleado Cifuentes hizo un ulterior acto de confianza y, con mucha firmeza, alejó decididamente los pensamientos sobre Aldopetti y procuró no pensar más, sin afirmar ni negar, en lo que le había confiado su esposa.

 IV

         «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

        El empleado, un muchacho de pocos años en la Hermandad, atravesó el corredor y salió caminando pensativo. Su diálogo con el Supremo había sido, aparentemente, franco. Pero cuando, al cerrar la puerta, escuchó el «¡clink!», lo asaltó la idea de que había algo raro. Él sabía muy bien que uno de los principios fundamentales de la Hermandad era alejar esas ideas, sobre todo cuando se referían a los del Directorio y, más particularmente aun, al Supremo.

        «¿Habré sido ingenuo –se preguntaba– al haberle dicho al Supremo que el Fundador de la Hermandad tuvo un comportamiento inapropiado con mi esposa?».

        La confianza era uno de los baluartes de la Hermandad, sobre todo la confianza en el Directorio, en el Supremo y en el Fundador. Sin embargo, las ideas que apuntaban a minar la confianza se le acumulaban casi naturalmente, sin él quererlo ni prácticamente poder evitarlo. Ya habían surgido cuando en la última elección de Directorio, pasando por encima de todas las propuestas de los electores, el Supremo, recién reelecto, en su primer acto de gobierno designó a dedo a Aldopetti como miembro del Directorio, si bien en la elección no había obtenido siquiera un solo voto. Pero Aldopetti había sido su secretario personal, y el Supremo necesitaba en el Directorio a alguien que a todo dijera que sí. No se equivocó. En efecto, la respuesta inmediata cuando llamó a Aldopetti para comunicarle su propuesta fue: «Sí». Aldopetti ni siquiera se tomó los ocho días que en el reglamento estaban previstos para madurar la decisión de asumir un cargo de tamaña responsabilidad.

        Él lo conocía a Aldopetti… Cierto, «por ahí estoy hilando demasiado fino» –se decía–, no quería exagerar, y alejaba esos pensamientos… Pero, fuera lo que fuera de Aldopetti, de su esposa no podía dudar. Era como si las cosas le hubieran pasado a él.

        El Supremo lo había recibido con la acostumbrada compostura. Hacía exclamaciones que podrían parecer estudiadas, acompañadas con frecuentes «ok, ok» de marcado acento norteamericano. Al final le dijo que no se preocupase, que se trataba de un caso aislado y, ciertamente, de algo deplorable, pero que él mismo se encargaría de que no sucediese más; que tomaba nota de lo que le confiaba pero que entiendese que, en el fondo, era palabra contra palabra y hubiera sido importante presentar pruebas; que fuese muy cuidadoso en conservar todo esto entre ellos dos, que él tomaría los recaudos, pero que la cosa no saliera de esta reserva, para evitar el escándalo y posible desánimo en los miembros de la Hermandad.

        El empleado Bonavena hizo un ulterior acto de confianza y, con mucha firmeza, alejó decididamente los pensamientos sobre Aldopetti y procuró no pensar más, sin afirmar ni negar, en lo que le había confiado su esposa.

 V

         «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

        El empleado, un muchacho de pocos años en la Hermandad, atravesó el corredor y salió caminando pensativo. Su diálogo con el Supremo había sido, aparentemente, franco. Pero cuando, al cerrar la puerta, escuchó el «¡clink!», lo asaltó la idea de que había algo raro. Él sabía muy bien que uno de los principios fundamentales de la Hermandad era alejar esas ideas, sobre todo cuando se referían a los del Directorio y, más particularmente aun, al Supremo.

        «¿Habré sido ingenuo –se preguntaba– al haberle dicho al Supremo que el Fundador de la Hermandad tuvo un comportamiento inapropiado con mi esposa?».

        La confianza era uno de los baluartes de la Hermandad, sobre todo la confianza en el Directorio, en el Supremo y en el Fundador. Sin embargo, las ideas que apuntaban a minar la confianza se le acumulaban casi naturalmente, sin él quererlo ni prácticamente poder evitarlo. Ya habían surgido cuando en la última elección de Directorio, pasando por encima de todas las propuestas de los electores, el Supremo, recién reelecto, en su primer acto de gobierno designó a dedo a Aldopetti como miembro del Directorio, si bien en la elección no había obtenido siquiera un solo voto. Pero Aldopetti había sido su secretario personal, y el Supremo necesitaba en el Directorio a alguien que a todo dijera que sí. No se equivocó. En efecto, la respuesta inmediata cuando llamó a Aldopetti para comunicarle su propuesta fue: «Sí». Aldopetti ni siquiera se tomó los ocho días que en el reglamento estaban previstos para madurar la decisión de asumir un cargo de tamaña responsabilidad.

        Él lo conocía a Aldopetti… Cierto, «por ahí estoy hilando demasiado fino» –se decía–, no quería exagerar, y alejaba esos pensamientos… Pero, fuera lo que fuera de Aldopetti, de su esposa no podía dudar. Era como si las cosas le hubieran pasado a él.

    El Supremo lo había recibido con la acostumbrada compostura. Hacía exclamaciones que podrían parecer estudiadas, acompañadas con frecuentes «ok, ok» de marcado acento norteamericano. Al final le dijo que no se preocupase, que se trataba de un caso aislado y, ciertamente, de algo deplorable, pero que él mismo se encargaría de que no sucediese más; que tomaba nota de lo que le confiaba pero que entiendese que, en el fondo, era palabra contra palabra y hubiera sido importante presentar pruebas; que fuese muy cuidadoso en conservar todo esto entre ellos dos, que él tomaría los recaudos, pero que la cosa no saliera de esta reserva, para evitar el escándalo y posible desánimo en los miembros de la Hermandad.

        El empleado Oldman hizo un ulterior acto de confianza y, con mucha firmeza, alejó decididamente los pensamientos sobre Aldopetti y procuró no pensar más, sin afirmar ni negar, en lo que le había confiado su esposa.

VI. «¡Clink!»

VII. «¡Clink!»

VIII. «¡Clink!»

IX. «¡Clink!»

 XXX. Clink

         «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

         El empleado Newman, un muchacho de varios años en la Hermandad, se frenó. Cuando escuchó el cierre del cajón y la vuelta de llave se dio cuenta inmediatamente de que su informe había sido «cajoneado» y que las cosas iban a quedar así para siempre. En ese momento se dio cuenta de todo: como cuando un relámpago ilumina la noche y se pueden ver las siluetas de los árboles, pudo entender con total claridad tantas cosas. Sin ir más lejos, lo de Aldopetti. Pero también el cambio de actitud notable de Leclair… que hacía ya un tiempo no era el de antes; el aspecto difidente de Bonavena y el abandono al que se había librado Batista, que daba lástima. Oldman estaba «acabado» y Cifuentes ya no decía a todo que sí, pero tampoco decía nada. Como era el más callado, trató de ver qué le pasaba, para ayudarlo de manera concreta.

        Hizo falta solamente iniciar el diálogo, mostrar un mínimo de interés, para que el iceberg se diera vuelta. Cifuentes le contó su caso –sin saber que era similar al de Newman mismo– y  que antes de hablar con el Supremo había ido a hablar con el Gurú oficial de la Hermandad. El Gurú le había dicho que se quedase tranquilo, que el Fundador de la Hermandad había estado poseído por un espíritu durante cierto período –quizás se refería a las intensas sesiones de espirituosismo, que practicaba con religiosa fidelidad y firme devoción– y que seguramente este hecho aislado se debía a la acción de dicho espíritu. Cifuentes nunca pudo aceptar esa explicación y terminó hablando con el Supremo. También había escuchado el «clink».

        Después de averiguar que los casos eran tantos y que la estrategia del Supremo era la de procurar aislar a cada uno de los interesados y mantenerlos sin comunicación entre sí para que no se notase el drama que aquejaba desde la raíz a la Hermandad, fundada por un acosador serial seriamente enfermo, Newman trató de hablar nuevamente, de manera abierta, con el Supremo y con otros del Directorio. Él trató de presentar el problema, pero trataron de convencerlo de que exageraba, de que no era tan así, y le pedían, por sobre todo, nombres, los nombres de quienes le habían hablado y de aquellos con quienes había hablado. Encima le dijeron que tenía un complejo, porque su esposa no era tan atractiva como se creía, y que por eso exageraban, tanto él como ella, las cosas. Además, empezaron a acusarlo de encubridor, porque no les daba los nombres. Y de calumniador o difamador (cambiaban a cada momento) del Fundador.

        Newman se dio cuenta de que tenían la conciencia endurecida y de que estaban todos en la misma, tanto el Supremo como el Directorio en bloque. Entonces se dirigió al organismo Supervisor de empresas.

        El Supremo y el Directorio se enteraron, y lanzaron una campaña gravemente denigratoria contra Newman, Leclair, Batista, Bonavena, Cifuentes, Oldman y un gran número de empleados. Muchos se terminaron yendo de la Hermandad.

         Pasaron los años y todos murieron.


         «¡Clink!»– sonó el cajón izquierdo del amplio escritorio de metal. El Supremo lo cerró con llave y continuó preparando la reunión de Directorio del día siguiente.

Bartolomeo Paz

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6 pensamientos en “La “Hermandad”

  1. Está bueno el nombre que me inventaste!!!! Ja, ja, jA
    La historia, debo decir que también está buena. Pero, la historia aún no terminó! (Aclaro a los lectores).
    Y, otra cosa: Cifuentes sigue vivo, al menos eso creo. Salutti.

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  2. Pingback: Las caricias del abuelo |

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