Contra Phariseos

Subida al Calvario

Subida al Calvario

        “Se reunieron miles de personas, hasta el punto de atropellarse unos a otros. Jesús comenzó a decir, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. No hay nada oculto que no deba ser revelado, ni nada secreto que no deba ser conocido. Por eso, todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad, será escuchado en pleno día; y lo que han hablado al oído, en las habitaciones más ocultas, será proclamado desde lo alto de las casas. A ustedes, mis amigos, les digo: No teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman a aquel que, después de matar, tiene el poder de arrojar a la Gehena. Sí, les repito, teman a ese. ¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros»” (Lc 12,1-7).

 

        Después de haber lanzado las durísimas invectivas contra los fariseos y los escribas, Nuestro Señor procede a dar la voz de alerta a las almas. Miles de personas se reunieron en torno a Él. Era la situación indicada, como enseguida veremos. Con pocas pinceladas nos da un cuadro perfecto acerca del fariseísmo en su perfil psicoespiritual y su manifestación práctica.

  1. La hipocresía. La hipocresía está indicada a través de la metáfora de la levadura. La imagen es perfecta. Aquella figura que había sido usada en el Sermón de la Montaña para expresar los efectos renovadores de la gracia en su gradual actuar escondido y transformante, es aquí usada para expresar los efectos devastadores de la hipocresía que también, cuando invade un cuerpo, lo corrompe desde adentro, poco a poco, de manera inexorable.

        Hay que tener cuidado, es decir, no contaminarse con esa levadura. Esto quiere decir: estar atentos para no empezar a hacer pequeños actos que tengan aspectos de hipocresía.

  1. Las tinieblas. El espíritu farisaico necesita la oscuridad, es su ambiente propio. Esa levadura actúa en lo escondido, medra con las tinieblas. Por eso apela permanentemente al secreto, a las restricciones mentales, al espionaje, a promover la delatación a través de prebendas, a crear un sistema de acepción de personas, a la prohibición de las comunicaciones, a la persecución de quienes hablan, a las maquinaciones secretas y ultrasecretas, a las comisiones «paralelas» y tantas cosas por el estilo.

        Es por eso que el único remedio, clave y de alta eficacia, contra la hipocresía es la luz.

Es por eso que el Señor se pone a hablar del tema ante miles de personas.

     Es por eso que amonesta a sus discípulos para que no traten de medrar sirviéndose de las tinieblas y de las maquinaciones secretas, puesto que algún día todo saldrá a la luz y será hecho bien, pero bien público, a propósito –como hizo Dios con las vergüenzas de David (cfr. 2 Sam 12,11-12).

  1. La persecución. El fariseo persigue a quien lo descubre. No puede no hacerlo. Es una pasión vehemente que lo devora y a la cual no es capaz de sustraerse: hará penitencias, ayunos, sacrificios y novenas… tantos actos de abnegación y de mortificación, pero no hará nada para combatir esta pasión irresistible. Todo lo que haga el hipócrita con respecto a quien lo ha descubierto estará polarizado por ella. Por eso trata de matar. El fariseo es un asesino.

        El asesinato corporal es tan solo un caso, la última figura, del deseo profundo de la supresión del otro, el cual es, para el hipócrita, luz y, por consiguiente, enemigo. Pero siendo ese matar al cuerpo la figura última de la persecución farisaica, engloba e incluye las formas precedentes del espectro propio del asesinato social: con denigraciones, con maledicencias, con restricciones, con marginaciones, con cambios de destino y tantas formas análogas. Lo importante es alejarlo del punto de influencia, impedirle echar luz sobre el asunto… «para que no escandalice».

  1. El miedo. Al perseguir, el hipócrita procura infundir miedo y, mediante éste, lograr que el que sabe se haga el que no sabe y que el que habla se retracte o al menos se calle. Se vale del miedo para consolidar su posición.

        Ahora bien, es imprescindible hacer notar que el miedo que procura infundir el fariseo es un miedo particularmente cualificado. En efecto, con la referencia al «matar», Nuestro Señor hace ver que, en realidad, el fariseo se siente como alguien que tiene el poder de formular sentencias definitivas, que puede, literalmente, aplastar a una persona. Como identifica su causa con la causa de Dios, al llevarla a cabo, se siente Dios. De ahí que paladee y deguste su propio poder –o lo que él percibe como tal– en el pronunciar sentencias definitivas. De ahí que estime que es temible. Como él vive en función del prestigio del ambiente, piensa que su posición privilegiada lo convierte en alguien temible para quien ose oponérsele.

        Ante ello, ciertamente… muchas personas débiles terminan por sucumbir y prefieren callar. Los débiles, incapaces de trascender la situación, no llegan a ver más allá y se dejan dominar por la presión del ambiente.

  1. La conciencia. El remedio para combatir contra la tentación del miedo que está aparejada a la persecución que desencadenan los fariseos y para evadir la presión del ambiente es, únicamente, el de elevar la mirada y obrar en conciencia, ante Dios. Dios sí tiene el poder de dar una sentencia definitiva, y Él va a juzgar los actos de la persona: no el fariseo presidente de turno ni el ambiente siniestro que lo respalda. Y la persona tiene que ser fiel, ante todo, a su conciencia. Dios no la va a juzgar por haber complacido o no las expectativas de los fariseos con respecto a ella, sino por haber seguido o no el dictamen de su conciencia.
  1. La confianza. El otro bálsamo al que debe recurrir quien se encuentra bajo el fuego de la persecución farisaica es el de la confianza: Dios va a cuidar con premura de quien dé el testimonio que tiene que dar.

Jeremias von Andria

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6 pensamientos en “Contra Phariseos

  1. No sólo en los jesuitas pasa esto; hay más de una congregación argentina que está sufriendo esta misma posición. Si no, vean el lío que hay hoy en el IVE por estos temas

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  2. Así es. Tremenda realidad q se la halla siempre de alguna manera, incidiendo e insidiando, en el camino espiritual de los santos, los q yo pude estudiar.
    Los santos del siglo XVI español, por ejemplo. Todos ellos tuvieron los más graves conflictos con sus superiores o con la Inquisición.
    Libros en el Index, cárcel, persecución, proscripción, difamación, etc.
    “La persecución de los buenos”, respondió el gran asceta San Pedro de Alcántara cuando le preguntaron, casi periodísticamente, cuál de todos había sido su mayor sufrimiento…
    Gran faro tenemos en la vida y obra del P.Castellani. Si no fuera por él, para mí sería cerradamente incomprensible la Fé, y quizá imposible, en los tiempos q nos toca vivir.
    Saludo a los ciber-cófrades!

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