El secreto del libro π de la Metafísica

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        Por supuesto, lo que contaremos no pasó en el planeta Tierra, pasó en Plutón. Cualquier semejanza con algún proyecto de la Tierra debe considerarse puramente fortuita, como lo es la caída de un meteoro. Al parecer, el descubrimiento está relacionado con el reciente paso de la sonda New Horizons por Plutón. Por algún extraño fenómeno relacionado con la constitución cuántica de la «materia», un compacto paquete electromagnético atravesó años-luz de distancia en lo que para nosotros es breve tiempo y, ya más cercano, se consolidó, al parecer, en forma de basalto. En efecto, la historia me llegó escrita en griego sobre un extraño bloque de basalto que encontré a orillas de un lago, junto a varios fragmentos de cosas caídas desde el espacio hace unos pocos días. Hela a continuación.

        Resulta que en Plutón había una comunidad de plutonianos que quería transformar Plutón o, más precisamente, la mentalidad de los plutonianos. La transformación que proponían iba a salvar Plutón, que se encontraba en una deplorable decadencia.

        Tenían los medios. Eran los Aristotélicos. Y no sólo: poseían, además, un viejo y misterioso manuscrito con el libro π de la Metafísica de Aristóteles, en el cual se escondían los secretos más profundos de todo el sistema solar y de todo en general. Todo estaba ahí, en el libro π, y ellos tenían el libro π.

        El problema era que pocos estaban en grado de descifrarlo. Había que estudiar el griego de Aristóteles y otras cosas más, y la cuestión se ponía difícil. ¡Pero no importaba! ¡Lo importante era que se tenía la solución de todo, para todos y para todas!

        La formación que proponía la comunidad aristotélica se concentraba toda ella en torno a la figura del excepcional extraplutoniano. Se les leían viejos apuntes referidos a su vida en la Tierra, y después viejos apuntes heredados de viejos maestros plutonianos que resumían la tratación de omnibuscumque. Terminado el proceso de formación, los jóvenes maestros salían convencidos, como no podía ser de otro modo, del valor insuperable de Aristóteles. Quien conociera Aristóteles, sin duda tendría la misma convicción. Quien no la tuviera, no habría conocido Aristóteles, y cambiaría ni bien lo conociera. Como la función de los aristotélicos era la de hacer conocer Aristóteles al resto de los plutonianos, lo importante, por encima de todo, era la certeza absoluta de poseer un tesoro, y la preocupación por divulgar su conocimiento.

        Los aristotélicos se prodigaban en congresos y reuniones acerca del valor de Aristóteles. En ellos, era ya habitual ver entre otros expositores a un viejo aristotélico que, periódicamente, volvía a leer a los jóvenes un viejo escrito suyo con todas las viejas declaraciones de la gran comunidad plutónica acerca de la importancia de Aristóteles: «… todos los plutonianos tenían que formarse con Aristóteles», decían los viejos documentos. Los jóvenes aristotélicos, enardecidos y encendidos, salían con una convicción cada vez más consolidada de ser ellos los más fieles representantes de las viejas tradiciones. «¡Si Plutón conociese Aristóteles!», decían frecuentemente, con ardiente nostalgia de futuro.

        Las reuniones, congresos y publicaciones acerca de la importancia de Aristóteles pululaban y se multiplicaban a raudales. Las iniciativas de difusión de Aristóteles cobraban cada vez mayor auge, promovidas por los Aristotélicos. Cientos de jóvenes aristotélicos hacían fotocopias de los textos y dedicaban su tiempo a la propaganda aristotélica; algunos de ellos lo dedicaban a la edición de las obras completas. Más y más jóvenes se sentían atraídos a tal actividad, convencidos de la importancia de Aristóteles.

        Es más: el gran error de la sociedad plutoniana era haber abandonado Aristóteles, leer comentarios de comentarios de comentarios, manuales, resúmenes y apuntes… y no conocer el libro ­π. Por haber desconocido el libro π, los pseudo-aristotélicos habían deformado la doctrina de Aristóteles, y habían divulgado traducciones superficiales e incorrectas, contribuyendo inevitablemente en la catastrófica situación de ese entonces.

        Una vez, uno de los recién llegados a la comunidad de los Aristotélicos mencionó que sería interesante estudiar los textos de Aristóteles en griego, en vez de hacerlo con las habituales traducciones al plutoniano. Lo miraron como si fuera de Saturno, con ganas de mandarlo a Júpiter. Se dieron cuenta enseguida de que era un elemento desestabilizador. Él, al inicio, no lo notó. Insistió, ingenuamente, pidiendo estudiar él mismo la lengua griega, para poder entender lo que decía el libro π.

        Lo acusaron de soberbio y le mandaron que se dedicase a hacer fotocopias del libro π: el principio era que trabajando no pensaba, y entonces le iban a desaparecer las tentaciones. Ese principio era uno de los principios fundamentales de la espiritualidad del «realismo aristotélico», y de la organización de su vida práctica, que se condensaba en la sentencia: «Hay que morder la realidad».

        Él, en los tiempos «libres» estudiaba griego.

        Y empezó, a escondidas, a leer el libro π.

        Allí descubrió que, en realidad, ninguno de los aristotélicos lo había leído. Por consiguiente, que ninguno de ellos lo había aprendido. Por consiguiente, que ninguno de ellos lo había entendido ni lo hubiera podido aplicar. Se dio cuenta, asimismo, de la extraña esquizofrenia institucional que aquejaba a los aristotélicos: promovían y predicaban el conocimiento de algo que desconocían totalmente y procuraban dar a los demás los medios para conocer algo que ellos no se esforzaban por conocer disponiendo de los medios. Lo peor de todo: se consideraban los auténticos conocedores de Aristóteles.

        Pues bien, un día lo descubrieron leyendo el libro π. Él les dijo que era importante conocerlo, porque si nadie conocía lo que decía el libro π, era como si el libro no existiese, y no habría manera de salvar Plutón.

        Lo mandaron a Júpiter.

        Él era la realidad.

        Y lo mordieron.

        Y, por supuesto, siguieron organizando congresos acerca de la importancia de volver a las fuentes, de estudiar a Aristóteles y de conocer el libro π.

(De Number π, entonces en Plutón, ahora desde Júpiter)

 Jeremias von Andria

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3 pensamientos en “El secreto del libro π de la Metafísica

  1. “¡Yo lo ví, lo ví; lo ví con mis PROPRIOS ojos!”, dijo Rondamón…
    A mí una vez, un plutonianio aristotelizante me pidió en privado q no hiciera preguntas en clase.
    Yo no me había dado cuenta de q lo ponía en aprietos. Me lo pidió por favor, humildemente,
    y le hice caso. Otros no eran tan humildes…

    Nos habían enseñado q en las universidades de la Edad Media, los escolásticos tenían la costumbre de, a fin de año, proceder con una CLASE LIBRE, de cuestiones “quod libetales”.
    Donde cada uno podía formular o proponer las preguntas q quisiera. Y se discutían.
    Pero talvez no adelantamos mucho desde la Edad Media. Porque se suelen tomar apuntes:
    para no pensar.
    Talvez la letra, la “letra q mata”, la de los “medio-letrados”, sofocó la búsqueda de la verdad.

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    • Se toman muchos apuntes, casi obsesivamente, se pregunta poco o nada y, de hecho, se posterga la instancia de alcanzar “la mayor claridad posible”. Eso quise decir.
      No hay quod libetales.

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