¿Cómo se corrompe un alma consagrada?

Deborah_Kerr_Cómo se corrompe un alma consagrada

 Con la hipocresía.

La mecánica varía según los casos, pero la corrupción inicia con los primeros actos, que, por ser tan violentos, prácticamente generan un hábito. Ejemplificamos con dos casos conocidos.

Una religiosa jovencita de un juniorado. Hace cosa de un año que terminó el noviciado. Se le inculcó, se le imprimió “carácter” con la idea de que la superiora es la voz de Dios y que hay que seguir a la superiora en tooooodo. Salvo que la superiora mande un pecado, lo que (se lee entre líneas) jamás va a ocurrir: en efecto, “las superioras buscan siempre el bien de las súbditas”. Hipotizar la posibilidad de que la superiora mande algo que es pecado, ya eso sería mal espíritu.

Bueno. La pobre juniora se da cuenta de que la sopa está tiiiibiaaaa-fría, y se le escapa un comentario. Llega la superiora unos minutos después a la cena, y comenta que le encanta la sopa así, suficientemente calentita. Y la pobre estudiante empieza a decir que la sopa está suficientemente calentita, e incluso que ella la prefiere así, que le parece bien y que esto y que lo otro. Lo hace conversando en la mesa, en voz alta y bien a propósito, por los siguientes motivos: 1) porque no hay que criticar a la superiora, 2) porque hay que seguir en todo a la superiora, 3) porque hay que evitar a muerte sembrar mal espíritu, 4) porque (tal vez) le vino la tentación de pensar que en realidad la superiora estaba desvariando y, entonces, está en modo agere contra, 5) para reparar si alguna la escuchó y recibió, así, un mal ejemplo, 6) para sembrar “buen espíritu” (como si el “buen espíritu” fuera mentir para vivir la caridad –pero, de que hay situaciones así, damos testimonio ante quien sea–).

Pues bien, aunque con la mejor de las intenciones, esa pobre jovencita acaba de corromper su intelecto. La sopa estaba fría, sin más, y no porque la superiora la prefiera así que-la-sopa-esté-fría es objetivamente lo mejor. Pero la pobre chica doblegó su intelecto. Su negación de la realidad manifiesta en cosas que no son de fe pone ya a la pobre chica en línea directa con la hipocresía y, lo que es peor de todo, bajo razón de bien. De este modo, después de dos o tres actos, se vuelve in-co-rre-gi-ble. Porque cualquier mención que se le quiera hacer al asunto es “mal espíritu”. La chica aprendió que la primera decisión que tiene que tomar es que su intelecto no vea. La segunda, usar lo que le queda de intelecto para defender lo que diga la superiora.

Cualquier semejanza con Boudou, con los aplaudidores y con la estructura mental K es pura coincidencia.

Otro caso. Un sacerdote de gobierno se entera de ciertos “chanchullos” que ocurren en altas esferas. La alta esfera tiene una fama poco más que óptima. Está “el Irreprochable”. El Irreprochable, por definición, no puede ser reprochado y, por definición, todo lo que diga o haga tiene que ser visto como virtud: si habla mal de alguien, es para formar; si usa expresiones obscenas o hace chistes de non nominandis, lo usa y lo hace para manifestar su excelsa libertad de espíritu. Obviamente. Todo en el Irreprochable es virtud.

Pero resulta que los chanchullos son innegables.

Y el pobre curita está en la alternativa de dar un puñetazo sobre la mesa y decir “muchachos, dejémonos de joder, esto no va más”, o de callar y dejar pasar, manteniendo ad extra la fama impoluta del Irreprochable (a la cual hay que seguir promoviendo porque, si no se la promoviese, se generarían dudas acerca del Irreprochable, lo que puede llevar a muchos a dudar, y eso es “mal espíritu” y no se puede permitir), aunque sabiendo muy bien que el Irreprochable no lo es tanto. Al decidir callar y dejar pasar, se pone automáticamente en la condición de tener que defender lo indefendible y promover lo impromovible, haciéndose cómplice, con su silencio pasivo o con su promoción activa. Y una vez que está envuelto en el asunto, tiene que seguir así. Es el síndrome del corredor que tomó alguna sustancia para mejorar su rendimiento: no puede dar un paso atrás porque queda en evidencia.

Pesa mucho la necesidad de ser aceptado por el propio ambiente. Dar un puñetazo sobre la mesa no lastima solamente el puño: puede significar que se quiebra el alma. Y no cualquiera está en condiciones de afrontar un paso así. Ciertamente.

Hay que ser muy, pero muy varón, y estar movido, desde ya, por fuerzas de lo alto, para plantarse como Jeremías ante todo el oficialismo y decir cosas que, según todo el oficialismo, según los teólogos y profetas oficiales del reino, eran contrarias a las promesas de Dios. A Jeremías, además de denigrarlo, lo “fajaron” de lo lindo.

Es mucho más fácil, entre toda la multitud, esconderse, seguir mirando de cerca cómo pasa Jesús con la cruz, mientras se permanece escondido entre la multitud. Y si un soldado mira con ojos acusadores notando que uno todavía no gritó… empezar a gritar y a escupir como uno más.

 Bartolomé Paz

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